Lo que está viviendo hoy Bolivia no es una crisis más en el amplio inventario de convulsiones sudamericanas: es la revelación, casi clínica, de lo que no hemos dejado de afirmar en el Atelier: que ninguna toma del aparato estatal, por muy indigenista, redistributiva y portadora de un proyecto plurinacional sincero que sea, puede sustituir a la constitución de contrapoderes populares. La entrevista que reproducimos aquí —Bolivia: la crisis como retorno de la historia colonial—, realizado por la ADM (Academy of Democratic Modernity) a Rosario Aquím Chávez, traza con una agudeza poco común la larga genealogía de este agotamiento: una República fundada en 1825 que nunca rompió con la matriz colonial, sino que la reconfiguró bajo nuevos ropajes institucionales, un ciclo del MAS1 que supo redistribuir la renta del gas sin llegar nunca a construir las formas incipientes de una soberanía comunal real, y un colapso, hoy en día, que no tiene nada de accidental: es la confesión diferida de que toda paz social comprada con la renta extractiva es una paz tomada a crédito del futuro —puesto que la subvención a los hidrocarburos no ha sido más que un mecanismo de contención social que aplazaba el enfrentamiento entre la lógica estatal y la lógica comunal, hasta que, como vemos, se volvió sencillamente impagable.
Este texto resultará de especial interés para quienes trabajamos en el ámbito de la antieconomía y la crítica al productivismo verde, ya que la trayectoria boliviana ofrece una demostración casi perfecta: el litio se presenta allí como la próxima riqueza providencial justo en el momento en que el gas se agota, reproduciendo al pie de la letra, bajo el barniz de la transición energética, la vieja maldición de Potosí: el territorio proporciona la materia prima, mientras que otros centros concentran la tecnología y la acumulación. Pero lo que más nos importa, más allá del diagnóstico, es lo que el texto no dice y que nuestra lectura comunalista permite articular: la cuestión boliviana no es saber qué sujeto estatal —nacional-popular o liberal-tecnocrático— sabrá administrar mejor los «bienes comunes» del país, sino cómo unas asambleas confederadas de comunidades campesinas, andinas y urbanas podrían retomar en sus manos, al margen de la mediación del Estado, la decisión directa, democrática y ecológica de continuar o no con estas extracciones. Es también, por lo demás, lo que revela de manera implícita la actual fragmentación del bloque popular boliviano que describe el artículo: a falta de instituciones confederales capaces de arbitrar democráticamente estas decisiones, los mineros, los campesinos, los transportistas y los sindicatos urbanos se ven compitiendo por migajas de representación en lugar de estar en condiciones de decidir colectivamente sobre su destino común. A falta de ese anclaje institucional, cada ciclo de movilización popular —por muy poderoso que sea, como se ha visto con el MAS— acaba tarde o temprano siendo recuperado, vaciado de contenido o vuelto en su contra por la propia forma que ha elegido adoptar.
Publicamos este análisis no para respaldar cada una de sus conclusiones, sino porque plantea, desde el terreno boliviano, una cuestión que consideramos decisiva para pensar más allá del Estado en todo este continente —como en muchos otros—: la de saber si la crisis actual abrirá una nueva fase de subordinación geopolítica a las necesidades del capitalismo mundial, o si, por el contrario, podrá convertirse en la ocasión para una refundación auténticamente comunal y descolonizadora.
- El MAS es un partido político boliviano de izquierdas fundado en 1997. Estuvo en el poder entre 2006 y 2019 bajo el liderazgo de Evo Morales, desde su primera victoria en las elecciones de diciembre de 2005 hasta la crisis política de 2019; y posteriormente en 2020, con la victoria de Luis Arce en las elecciones de octubre, cuyo mandato finaliza en 2025.
