42 grados en algunas zonas del país. Las personas mayores mueren en sus pisos, convertidos en hornos. Los trabajadores de la construcción se desmayan en las obras. Las personas sin hogar mueren en las calles asfaltadas de nuestras ciudades-escaparate. Las mujeres sufren un recrudecimiento de la violencia doméstica, agravada por el hacinamiento y el calor. Y mientras tanto, en sus salones con aire acondicionado, los sinvergüenzas que sirven a este sistema y sus lacayos mediáticos divagan, bromean, minimizan —cuando no se felicitan abiertamente por el «gran trabajo» realizado—.
Un presidente engreído que ha elogiado el «gran trabajo» de adaptación realizado durante su mandato, una ministra complaciente, un economista de plató que justifica la inacción, un tecnosolucionista que nos vende el aire acondicionado como horizonte de emancipación, y un patán que se burla —sin ningún tipo de vergüenza— «de los que viven bajo los tejados»: he aquí el espectáculo. El de una clase dirigente que ha asimilado plenamente que nada, ni siquiera la muerte masiva, puede poner en tela de juicio el maravilloso orden que ha establecido. Esa gente no rendirá cuentas de nada. El egoísmo de clase corre por sus venas como por las del capitalismo al que sirven —y no tienen la más mínima intención de asumir la más mínima responsabilidad por el desastre que están provocando.
Porque hay una palabra para designar la forma en que el Capital y el Estado gestionan su propio desastre. Una palabra suave, tranquilizadora, tomada de la biología y reciclada en tecnología del consentimiento. Una palabra que transforma a las víctimas en protagonistas, la fatalidad en oportunidad y la inacción criminal en sabiduría colectiva. Esa palabra, ya la conocéis: resiliencia.
Sed resilientes. Adaptáos. Buscad en vuestro interior los recursos para «convivir» con lo que esos sinvergüenzas han creado deliberadamente —sabiendo que, evidentemente, para quienes gozan de salud y de recursos materiales, será más fácil: una forma de darwinismo social apenas disimulada. Y sobre todo —sobre todo— no os hagáis preguntas sobre las causas fundamentales de vuestra desgracia. No culpéis al desarrollo industrial y mercantil demencial que ha destruido metódicamente la naturaleza, empobrecido a la gran mayoría de la humanidad y desmantelado las escasas políticas capaces de mejorar la suerte de los más vulnerables. No: sed buenos pobres resilientes, buenos ciudadanos adaptados, buenos envenenados y cegados que no hagan olas. Cada uno por su cuenta, y el Capital para todos.
Es precisamente esta mecánica la que pusimos de relieve hace poco más de un año en la entrada «Resiliencia» de nuestro Abecedario de la Ecología Social —y que, a la luz de lo que vivimos hoy, resuena con una actualidad mordaz. Porque lo que la ola de calor revela con brutal claridad es que la resiliencia no es una respuesta a la catástrofe: es la catástrofe continuada por otros medios. Es la forma en que el Capital organiza su impunidad delegando en las víctimas la carga de sobrevivir a lo que él mismo produce.
Contra esto, no hay «buenas acciones» individuales. No hay adaptación salvadora. Hay una lucha colectiva para abordar las causas de fondo —el capitalismo y el Estado que lo sirve— al tiempo que protegemos solidariamente, desde ahora mismo y sin esperar, a las personas más desfavorecidas, precarias y vulnerables entre nosotros. Existe el derecho a la retirada como acto político de supervivencia. Y existe, tal vez, la rabia necesaria para transformar este calor mortífero en ira emancipadora.
Releamos esta entrada del Abecedario. Y luego actuemos.
