«DIÁLOGO» – Abecedario de la Ecología Social

Recrear y reinventar el espacio y las condiciones para el diálogo es, sencillamente, una prioridad para la Ecología Social. En la sociedad del espectáculo, fruto podrido de la economía política, la confrontación de ideas se transforma muy rápidamente en confrontación de personas, donde cada cual intenta imponer al otro su visión de las cosas. El diálogo, que debería permitir poner en marcha dinámicas comunes, que es la primera condición de una democracia eficaz, se siente como una amenaza, como algo que podría perjudicar la importancia que cada uno intenta darse a sí mismo. Porque en la sociedad del espectáculo es imposible reconocer las propias insuficiencias, la propia ignorancia, los propios errores, sin parecer haber descendido en la escala social. El espectáculo es una fastidiosa guerra de posiciones, en la que cada cual intenta desesperadamente defender su imagen a costa de cualquier posibilidad de inteligencia colectiva.

En cambio, el diálogo no es un deporte de combate. Su función no es convencer a toda costa al otro del predominio de nuestra razón particular. Al contrario, encuentra su consistencia en la exposición sucesiva de lo que nos diferencia, ya sea en el plano de lo sensible o de lo razonado. Si el diálogo requiere la capacidad de hablar, también requiere la capacidad de escuchar, la capacidad de oír, una atención recíproca a los distintos momentos que hacen posible su existencia. La posibilidad del diálogo tiene mucho que ver con el reconocimiento de una igualdad primordial entre quienes pretenden entablarlo. La prioridad es que el ser vivo se encuentre con el ser vivo, en lo que les une pero también en lo que les diferencia. Ningún conocimiento particular puede pretender representar por sí mismo la razón; en el mejor de los casos, es sólo portador de un fragmento de esa razón, que sólo puede tener sentido si acepta confrontarse con una razón que puede ser muy diferente, basada en una percepción muy distinta del mundo sensible. Así ocurrirá, por ejemplo, si queremos entablar un diálogo con un niño.

En muchos sentidos, el diálogo es una forma importante de juego, de lo que se juega entre seres humanos. Este juego es importante porque determina en gran medida la calidad de una relación humana y su eventual futuro. También hay que señalar que cuando este juego llega a su fin, cuando el diálogo se atrofia, es la propia relación la que pierde su razón de ser y se queda, en el mejor de los casos, en una mera comodidad o costumbre. Por supuesto, el diálogo no se reduce enteramente a la esfera verbal; también se manifiesta a través de la presencia que cada persona puede y debe demostrar dentro de una relación, mediante gestos, miradas, atención, etc. Pero si el juego que sustenta el diálogo llega a su fin, lo único que queda son las ruinas de las relaciones humanas.

Socialmente, ya estamos viviendo en medio de estas ruinas. Para asegurar su crecimiento y su dominación, el capitalismo, que sólo reina a través de la separación, sólo ha sido capaz de crear una sociedad sucedánea reduciendo cada vez más el espacio mismo del diálogo en la esfera social. Para lograrlo, la comunicación ha ido sustituyendo al diálogo, no sólo a través de los medios de comunicación, que sólo pueden servir a aquellos de quienes dependen, sino, lo que es más grave, en el propio modo de transmisión que condiciona las relaciones humanas. Así, renunciando a la riqueza del diálogo, la mayor parte del tiempo nos contentamos con comunicar, con enviar y recibir información, sin comprender siquiera lo que se ha perdido por el camino y atrapándonos en una camisa de fuerza de una soledad cada vez mayor.

Las tecnologías digitales, a través de las cuales estamos literalmente saturados de información, han desempeñado un papel fundamental en esta desaparición del diálogo, de su realización programada y del campo de subjetividad compartida que solía sustentar. Estas herramientas, aunque nos dan la ilusión de un mayor control sobre nuestro entorno, en última instancia sólo sirven para endurecer nuestro aislamiento y encerrarnos cada vez más en la separación y en una burbuja de indiferencia hacia lo que nos rodea. En su inmediatez, los demás se vuelven invisibles para nosotros, igual que nosotros nos volvemos invisibles para ellos. Establecer un diálogo requiere algo que parece que ya no tenemos: disponibilidad o presencia. Suscitamos un vacío a cambio del cual no podemos recibir más que vacío; damos vueltas en círculos en la noche, consumidos por nuestra propia ausencia del mundo.


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