Del territorio – su urbanización y su defensa

Desde que la revolución industrial provocó la urbanización progresiva de la sociedad, se puede decir que su historia es la historia del proceso urbanizador. En la recta final del proceso, la característica más distinguible de la sociedad actual es el enorme incremento de las áreas urbanas y periurbanas. Hoy en día, más de la mitad de la población mundial vive en aglomeraciones urbanas. En Europa alcanza el 74%, y el 84% en los Estados Unidos. El crecimiento es continuo, persistente y acelerado, por lo que cabe suponer que, en pocas décadas, el 5 o 6% del territorio concentre a casi toda la población del planeta, mientras que el resto, vaciado, quedará orbitando alrededor de las aglomeraciones y manteniendo con ellas una relación de total dependencia. Es lo que Henri Lefebvre definió en los pasados setenta como “sociedad urbana”, es decir, sociedad completamente urbanizada. La ciudad industrial, eminentemente burguesa, volcada al mercado interior, pierde sus límites y se dispersa por el territorio para transformarse en un sistema informe de conurbaciones enlazadas por autopistas y trenes metropolitanos, conectado por internet a los flujos transnacionales de capital. Tal clase de asentamiento, donde el espacio público se convierte en simple espacio circulatorio y el espacio de la decisión se virtualiza, es ahora la unidad espacial significativa que reclama todo el territorio para desparramarse. En Estados Unidos lo llamaron “área metropolitana.” El proceso de suburbanización de las afueras se dio de manera explosiva en Europa a partir de los años cincuenta del siglo pasado, y en América, más de diez años antes. En los años ochenta, con los inicios de la informatización generalizada, ya podemos hablar claramente de metropolitanización. Es una realidad nueva que refleja el paso de la ciudad fabril, de morfología difusa, a la metrópolis financiera hiperexpansiva, ya desdibujada en el espacio, o lo que es lo mismo, de la ciudad de los productores al lugar de los consumidores. Con el amontonamiento de conurbaciones metropolitanas se ha completado la transición de una economía industrial urbana, de base nacional, a una economía de servicios metropolitana, internacionalizada. La primitiva oposición ciudad-campo se ha resuelto en favor de la metrópolis, a las que impropiamente Saskia Sassen llama “ciudades globales” puesto que no son ciudades: el campo ha dejado de ser una realidad diferenciada, tanto por la industrialización de las tareas, como por el estilo de vida de su escaso vecindario. Realmente no hay campo: el campo es ya un hecho urbano o subsidiario de lo urbano. En los sesenta se acuñó el concepto de urban field. En fin, las regiones metropolitanas no son más que la traducción espacial del posfordismo y la globalización o, dicho de otro modo, se corresponden con el espacio más adecuado para la reproducción del capital en su fase mundializada. Constituyen la concreción desnacionalizada de la sociedad capitalista global. Gracias a las infraestructuras del transporte, y posteriormente, a la digitalización, el espacio del capital se modifica y adapta desintegrando los niveles locales y nacionales, vestigios de la fase capitalista anterior, hasta adquirir las dimensiones mundiales necesarias. Otros procesos complementarios contribuyen: motorización privada, clusterización, gentrificación, turistización, litoralización, exclusión social, etc. Hoy más que nunca, el 1 espacio urbano no es de quien lo habita, sino de quien especula con él, la clase de siempre representada por los promotores inmobiliarios, los propietarios de suelo y los fondos de inversión, y es esta quien lo modela en función de su interés. Dado que la pobreza y el malvivir no se han erradicado; bien al contrario, los salarios se han estancado, el empleo basura se ha extendido y la desigualdad social se ha ampliado, la conflictividad no ha desaparecido, pero ha sido abducida de diferentes maneras. La forzosa confrontación, cuando llega a producirse, jamás llega a generalizarse, tanto en el espacio como en el tiempo, y ni mucho menos profundizarse. Los métodos clásicos de la lucha de clases y los conceptos ideológicos que la justificaban, antaño funcionales en la ciudad manufacturera, se vuelven ineficaces en un marco espacial delineado expresamente para fomentar conductas conformistas y sumisas. La difícil comunicación directa debido a la entropía social y los complejos mecanismos de contención desarrollados favorecen la resignación, mientras la repetición interesada de los viejos esquemas naufraga inevitablemente en la impotencia. La demagogia no sirve ya ni a los demagogos. Cuando la economía abraza la totalidad de la actividad humana, sus valores tienden a universalizarse condicionando a todos los comportamientos en la dirección del mercado. A los efectos de la deslocalización industrial, de la desregulación y racialización del mercado laboral, de la comunicación unilateral o del sindicalismo y asociacionismo subvencionados, se suma un sentimiento de desarraigo, soledad y desamor, una la retirada en lo privado y el consumo cotidiano, una ignorancia del pasado, una sumisión voluntaria al orden establecido, y, por último, una proliferación de conductas neuróticas y sicopatológicas, todo lo cual vuelve a los individuos vulnerables, y en consecuencia, asustadizos y fácilmente manipulables. De resultas de este “nuevo tipo de ciudadanía”, los antagonismos son más difíciles de formular y más aún de asimilar, pero no impide su manifestación allá donde fallan los controles sistémicos, se supera el aislamiento y fracasan los profesionales de la representación espuria. La concentración metropolitana desequilibra profundamente el territorio, puesto que lo despuebla, a la par que absorbe todos sus recursos y deposita en él sus residuos, contaminándolo y degradándolo. La porción urbana consume las tres cuartas partes de la energía disponible y el 20% de agua, produce al año dos mil quinientos millones de toneladas de basura y es responsable de más del 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero. El impacto ambiental -la “huella” urbana- es formidable y abre un nuevo escenario de lucha al que denominamos defensa del territorio. Para mejor entender la noción de defensa convendría explicar antes el concepto de territorio. En principio, territorio es algo más que el espacio concreto donde se asienta una población, por lo que no equivale por ejemplo a paisaje, solar, medio natural o dominio rural: la parte urbanizada es uno de los elementos constitutivos. No solo es espacio geográfico, sino espacio social, con tradición propia, cultura e historia. Y espacio mercantil. Realmente es una construcción sociohistórica resultado de la acción humana a lo largo del tiempo más o menos simbiótica con el medio. Y precisamente, cuando la simbiosis entre sus componentes se rompe a favor de uno de dichos elementos -la 2 ciudad- se desencadenan fuertes disputas y enfrentamientos. Recordemos los levantamientos rurales, las guerras campesinas y las revoluciones. La superación de la contradicción campo-ciudad causada por la industrialización, fue resuelta con la conversión del territorio en territorio de la economía, y en consecuencia, con la adaptación del primero a las exigencias de la segunda, que hoy significa suburbanización. Así pues, el campo se fue vaciando a la vez que parcelando, reglamentando y especializando; rediseñado con planes y articulado mediante redes viarias que lo volvían accesible, explotable y urbanizable. En su nuevo aspecto desaliñado y esclavo, el campo reflejaba el nuevo orden socio-político emanado de las metrópolis. En ese nuevo orden los principales perdedores seguían siendo las clases urbanas asalariadas, relegadas a las periferiasdormitorio. Gracias a las innovaciones tecnológicas, los recursos territoriales han ido adquiriendo una importancia cada vez mayor en la reproducción del capital a medida en que se ha tenido plenamente conciencia de que la producción industrial -sobre todo energética- dependía de aquellos. En la fase extractivista del capitalismo, tales recursos conferían a un territorio no urbano la categoría de “estratégico”, puesto que el crecimiento económico dependía de ellos, lo que convertía toda protesta en esos ámbitos en un problema de Estado, a resolver con métodos represivos. Por consiguiente, la defensa del territorio, y la lucha antidesarrollista en general, terminó ocupando el centro de la cuestión social. La paradoja es que los efectivos mayores de la defensa de la tierra son más urbanos que rurales. De alguna forma, bajo ciertos aspectos, la defensa del territorio no urbano es una lucha urbana. El antidesarrollismo es evidentemente desurbanizador y descentralizador. Pretende reequilibrar y rehabilitar el territorio para volver de nuevo a integrar sus partes sobre bases de reciprocidad. Los primeros autores que plantearon el tema de la desconcentración de la ciudad industrial y la fusión con la naturaleza y el campo, muy anteriores a la explosión urbana, fueron los anarquistas Reclus y Kropotkin. Ambos apelaron a un “sentimiento de la naturaleza” que guiase la construcción de una nueva sociedad sin clases. La vuelta a la naturaleza consistiría en una dispersión urbana de baja intensidad de todas las actividades acaparadas por la urbe, de forma que se diera una interpenetración ventajosa para todas las partes. Al conformarse, alrededor de las ciudades recuperadas en régimen comunista libertario, una red de pequeñas industrias, molinos, saltos de agua, caminos y explotaciones agrícolas colectivizadas, el resultado sería una región integrada urbano-rural ajena a la economía capitalista, puesto que carecería de centro dirigente y estaría regida por principios de igualdad, solidaridad y justicia. La idea fue recogida y desarrollada, parcial o totalmente, por distintos autores críticos con las nuevas realidades suburbanas: Geddes, Mumford, Bookchin, Hall, Oyón, Harvey… Desde la época de Reclus, las cosas se han complicado. El problema principal para una transformación social de ese tipo consiste en que las áreas metropolitanas están concebidas exclusivamente para la reproducción de capitales, con los lugares de producción, trabajo, vivienda, abastecimiento y ocio alejados unos de otros, sus vías arteriales repletas, sus turistas, su atmósfera contaminada, sus plataformas-empresa, etc., algo que las hace inaprovechables para menesteres socializadores. En esas condiciones, la autogestión no sería entonces más que la autogestión popular del capital. 3 Para llevar a cabo un proyecto territorial emancipador de envergadura, no capitalista, y así pues, para crear un marco espacial apropiado, habrá primero que desmantelar dichas áreas. La inviabilidad futura de las metrópolis ayudará en la tarea, pero tenderá a provocar una dispersión caótica que habrá que superar. Evidentemente, la transformación revolucionaria de la sociedad dependerá de la formación de un sujeto político colectivo capaz de organizarse y enfrentarse con el orden vigente y hacer frente al Estado. No es cuestión de encontrar una fórmula y que la practiquen tranquilamente un puñado de esforzados voluntarios con el fin de que el ejemplo cunda. Se trata de que un sector importante de la población se movilice y auto-organice, y de que sus luchas confluyan hasta abrirse camino entre las barreras capitalistas. Las estrategias de cambio deberán partir de ahí. El pasado movimiento obrero nos proporcionó ejemplos prácticos de autoorganización para la lucha social: gremios, cooperativas, sindicatos únicos, consejos obreros, comités de barriada… Eran formas asociativas mayoritariamente urbanas, de duración episódica, artificiales, basadas en la adhesión voluntaria y la permanencia del interés de clase. La aldea, en cambio, nos ofrece una forma auto-organizativa para la convivencia, intemporal, orgánica, fundada en los lazos vecinales y las raíces territoriales: la comunidad aldeana. Es más, un estilo de vida en común ligado a la tierra, que una relación contractual basada en la alianza y el acuerdo. La aldea comunitaria es la forma más antigua de organización social. En Europa surgió en el siglo IX, gobernada por un órgano administrativo y judicial a través del cual todos los aldeanos tomaban decisiones -la asamblea comunal- y sustentada por la gestión colectiva de bienes comunales y la recolección en campos abiertos. Tal régimen recibió distintos nombres según el lugar: concejo -concilium- o cabildo abierto en la Península Ibérica, finage en Francia, Gemeindeversammlung en el área alemana, contado en Italia, etc. Era un instrumento de democracia directa y de participación total: tal como reza el documento constitutivo de un concejo leonés: “Nosotros todos, varones y mujeres, jóvenes y viejos, máximo y mínimos, todos conjuntamente, que somos habitantes, villanos e infanzones…” La auto-gobernanza también se dio en pueblos grandes y ciudades, dando lugar a comunas y municipios forales. La soberanía popular se regulaba por la costumbre -por el derecho consuetudinario- lo cual implicaba un complejo sistema de relaciones, con infinitas variantes derivadas de las vicisitudes locales. La decadencia de las asambleas concejiles estuvo emparentada directamente con el desarrollo del Estado, las divisiones internas y la generalización del derecho civil basado en el romano. La búsqueda de una sociedad sin Estado tendrá mucho que inspirarse en el régimen comunal, su patrimonio desconocido. La eficacia económica de los bienes comunes residuales fue estudiada recientemente por la académica Elinor Ostrom, que tuvo buen cuidado en ignorar los esfuerzos preceptivos y las implicaciones políticas de la reimplantación, gestión y usufructo de los mismos. La reorganización social del territorio al margen del capitalismo es sobre todo política y como tal, será comunitaria y fruto de una larga lucha o no será. La defensa del territorio es el paradigma actual del combate anticapitalista heredero de la pasada lucha de clases. Ocurre tanto dentro de la 4 metrópolis como fuera, mostrando tres aspectos relacionados entre sí, el urbano, el rural y el ecológico, cada uno con sus facetas negadora y creadora, sus momentos violentos o pacíficos, y sus respectivos niveles, local y global. Abarca pues cuestiones diversas que ahora mismo se presentan en torno a la vivienda, al transporte, la inmigración, los hábitos patriarcales, al precio de la energía, la parquetematización de los barrios históricos, la pérdida de superficie cultivable, la dependencia alimentaria, la despoblación de los campos o el deterioro del paisaje. El reto para la acción en pos de la salida del capitalismo es la confluencia de todas las luchas en una. Eso será imposible sin una resurgencia de la sociedad civil contra la tecnología colonialista del capital y el Estado. La resistencia necesita raíces en el territorio, espacios propios, conexiones, obras. Me refiero a infraestructuras alternativas, tejido social autónomo, ejemplos prácticos de autosuficiencia, tanteos autogestionarios… Así pues, el lado guerrero y desmantelador de la defensa corre paralelo al lado constructivo y organizador. La negación requiere su contrario, y viceversa. El hecho creativo ha de acompañarse con el ataque.

Miguel Amorós, 5 de agosto de 2025.

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