Al principio estaban las comunidades campesinas, que fueron destruidas por la burguesía. Despojados de sus tierras, desarraigados y convertidos en proletarios, hombres, mujeres y niños incluidos, se vieron obligados a vender su fuerza de trabajo para subsistir. Esta contradicción original del Capital, la de una clase burguesa que se había apoderado de los medios de producción y acumulaba riqueza a costa de aquellas y aquellos que había desposeído y amontonado por miles en los centros industriales, provocó la indignación y el despertar de una fuerte conciencia de la clase obrera. Más allá de las revueltas espontáneas reprimidas con sangre, el sindicalismo surgió en las fábricas, impulsado por la complicidad de las luchas por la dignidad, como forma de autoorganización y baluarte contra la injusticia. Pero también se concibió como una herramienta para derrocar el caos capitalista y su séquito de miseria y destrucción. Se concebía como una escuela del pueblo, como el embrión autoproclamado de un mundo nuevo que permitiría recuperar ese mundo artesanal y campesino perdido, el único que tenía sentido a sus ojos. Fue este sindicalismo primigenio el que hizo temblar los cimientos del capitalismo en varias ocasiones. En Francia, Rusia, Alemania, pero sobre todo en España, donde en 1936 los obreros y campesinos organizados en el seno de la CNT, en un movimiento sin parangón, consiguieron abolir en muchas zonas la economía capitalista, incluido el Estado, para gestionar directa y colectivamente la producción, las tierras y los bienes comunes.

La revolución, vencida lo fue por una coalición capitalista internacional, la URSS incluida. Por otra parte, el capitalismo tiene la capacidad de encajar los golpes que recibe y asimilarlos en su beneficio. En este sentido, a veces demuestra una flexibilidad notable para transformar los estallidos de ira social en nuevas oportunidades de crecimiento. El sistema recupera las reivindicaciones, esencialmente salariales, para relanzarse mejor en su carrera obligada hacia la valorización del valor. Con la ayuda de los partidos políticos situados a la izquierda en el espectro político parlamentario —la izquierda del Capital— y el auge del Estado del bienestar, los sindicatos acabaron integrándose como instituciones burocráticas en los engranajes de la Megamáquina. Formateada por el mecanicismo de la fábrica, el fordismo y el taylorismo, esta clase obrera, fragmentada en subclases, dividida en obreros y oficinistas, haciendo caso omiso de su pasado, fue dirigida y absorbida en la carrera inducida al consumismo (créditos, comodidad, ascenso social). Poco a poco, los sindicatos, integrados en la gestión del capital en lugar de romper con él, fueron perdiendo todo carácter revolucionario.

Cierto es que aún hoy subsisten focos de resistencia sindical combativa, pero a menudo confinados a los márgenes. El anarcosindicalismo, allí donde sobrevive, intenta reinventarse, sin Estado, sin partido, fiel a la democracia directa. Pero la tarea es ardua: en un mundo en el que los flujos de valor son abstractos, financiarizados y deslocalizados, las antiguas formas de lucha tienen dificultades para comprender las nuevas caras ocultas de la explotación, ahora dispersas por todo el mundo.
La ecología social no entierra al sindicalismo: apela a su renovación, a condición de que deje de considerarse un simple agente de negociación en la fábrica o en las oficinas. Le propone unirse a una estrategia más amplia, la de una reapropiación popular en capacidad de seleccionar los medios de producción, empezando por los más vitales. Y ya no solo por y en función de los trabajadores, como se proponía en el pasado, sino con y para las comunidades locales de hoy. Ya no para acomodarse a las ayudas del Estado, sino para superarlo. Ya no para defender el empleo, sino para volver a pensar la actividad concreta frente a la abstracción del salario, repensar el lugar de la producción de bienes, su sentido y su lugar dentro de la comunidad humana y de ésta en su entorno natural.
Este sindicalismo, reinsertado en la vida social, más allá del fenómeno identitario, puede volver a convertirse en una fuerza histórica.
Sin embargo, es necesario que rompa con las rutinas burocráticas, que vuelva a aprender a soñar y a crear en colaboración con las demás fuerzas contestatarias y las alternativas concretas. El comunalismo invita al sindicalismo a construir este movimiento federalista, que aspira a un mundo nuevo emancipado que parta de lo local y se extienda más allá hasta abarcar el mundo entero.

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