El anticapitalismo se ha convertido en una etiqueta vacía y genérica reivindicada por la política de Partidos desde su ala izquierdista hasta su extrema derecha, pero también por todo un sector sindicalista. No menos reivindicado lo es por los ecologistas, los anti-industriales, los decrecentistas y otros movimientos «alternativos».

Pero si rascamos un poco estos anticapitalismos, bajo diferentes barnices, solo podemos concluir que se trata más bien de «alter-capitalismos». Empezando por una izquierda pseudocrítica que juega alternativamente con los conceptos de anticapitalismo y anti-liberalismo. Un supuesto antiliberalismo todavía más hipócrita y contradictorio que a menudo se declara anticapitalista «a secas». Este «anticapitalismo truncado» es el fruto magullado que nos ofrecen los intelectuales de la «izquierda del capital», esos «economistas aterrados». Así son los Harvey, Navarro, Piketty y Juan Torres – ambos ex-consejeros en economía de Podemos – y hasta sus críticos como José Iglesias Fernández. Estos regulacionistas, de un modo u otro, al estilo keynesiano cumplen sus promesas emancipadoras vilipendiando al malvado «capital financiero», pero olvidándose del propio Marx: «el movimiento del capital no tiene fin ni medida». Condenan a este «parásito» – los bancos, las finanzas y los paraísos fiscales – y defienden al «buen capital» productivo de una economía supuestamente real, generadora de empleo y salarios para los «trabajadores honrados». Es un déjà vu esta configuración del «buen capitalismo» de los «años dorados» para escapar del mal «capitalismo de casino». Pero también es un déjà vu esta imaginería de la financiarización y el mercado, en el extremo opuesto del espectro político, como cuando Hitler señalaba al «capital rapaz» para naturalizar mejor el capitalismo.

A partir de entonces, la economía política se transforma en proteccionismo nacional o global, afirmando que esta política económica intervencionista tiene como objetivo proteger y favorecer a los productores y trabajadores nacionales frente a la competencia extranjera. Incluso antes de su aplicación material, ya traiciona ideológicamente, puesto que tiende a convencernos de que un capitalismo «sostenible« o «con rostro humano« es posible . Este «anticapitalismo truncado» atraviesa tanto la nebulosa socialdemócrata, la de LFi en Francia, de Syriza en Grecia, de Podemos o Sumar, como la franja izquierdista : las CUP, los PCTE y PCPE y otros en España. Ya sea apelando a la insurrección del pueblo para alcanzar el «punto L« —Lenin o Lordon en Francia, Andreas Malm en Suecia — o solicitando los votos. Estas estrategias apuntan todas al poder estatal o a sus Instituciones, para llevar a cabo «una redefinición global del mercado en dirección al Estado social». Aquí se alcanza la cuadratura del círculo, ya que no puede haber economía contra la Economía, ni política estatal contra el Estado, aunque se le adorne con el calificativo de social.
Por lo tanto, cabe preguntarse cómo podrían cuestionarse como tales, las formas sociales intrínsecamente capitalistas que son
el trabajo, el valor, el dinero, la mercancía, el patriarcado modernizado al estilo del «valor disociativo», la forma jurídica del derecho, que protege la propiedad privada de los medios de producción, entre otras cosas, la contradicción de una democracia representativa y el Estado que lo corona todo. Una síntesis social que, en definitiva, solo tiene cinco siglos de existencia.

En cuanto a las luchas, a pesar de una dedicación militante a menudo encarnizada, a falta de un análisis radical, acaban produciendo un efecto contrario al esperado, llegando incluso hasta reclamar un reconocimiento institucional, o mas aún subvenciones estatales. Así, tanto los y las trabajadoras como las comunidades racializadas, de género y de sexualidad reclaman una distribución más equitativa de los frutos de la riqueza. Acaban agotándose «dentro de un marco jurídico que garantiza el juego de la competencia, es decir, una inclusión en el mercado consustancial a una exclusión estructural». -Sandrine Aumercier.

Ante este obstáculo, las alternativas que plantean la abolición del dinero mediante circuitos de trueque, también acaban chocando con una socialización a una escala más general. Se trata de iniciativas a menudo interesantes en sus variantes pedagógicas autogestionarias, pero que al no apuntar a las categorías esenciales de la economía en un amplio movimiento emancipador, pueden incluso presentarse en ocasiones, como una alternativa a la única esfera de circulación capitalista cuando esta se derrumba, como ocurrió en Argentina en la década de 2000. Lo mismo ocurre con las monedas locales, las cooperativas, las empresas expropiadas y autogestionadas por el control obrero, los circuitos cortos, la economía relocalizada, la simplicidad voluntaria, el trueque, los grupos de consumo, etc., que por carecer de un proyecto común emancipador, acaban cayendo cada cual en una especie de fenómeno identitario inofensivo. Además, bajo el dominio de la economía garantizada por el Estado, solo pueden producirse protestas domesticadas, resistencias sumisas, reacciones subordinadas a los fetiches tutelares que pretenden cuestionar. Ernst Schmitter nos lo recuerda con lucidez:

«Lo que llamamos «economía» no es un ámbito de la vida social entre otros, sino un modo de destrucción del mundo que se ha impuesto como totalidad. La economía capitalista no puede corregirse ni reequilibrarse: debe superarse en sus propios fundamentos. El problema no es la mala gestión de la economía, sino el hecho de que exista la economía como esfera autónoma, abstracta, separada de la vida real».
Murray Bookchin también insistió en esta crítica esencial que nos permite situarnos más allá de la simple crítica:
«No basta con criticar los efectos del capitalismo, hay que desmantelar las instituciones y las relaciones sociales que lo hacen posible. La crítica radical no es solo moral o coyuntural, sino estructural, histórica y política. Nos invita a deconstruir las categorías sociales heredadas del capitalismo para que surjan otras basadas en la cooperación, la autonomía, la solidaridad y la ética».

A falta de poder imaginar y practicar una forma de vida social inédita más allá de este mundo, sin un movimiento revolucionario basado en la «ruptura categórica y ontológica» y el cambio práctico hacia otra forma de síntesis social, es decir, una revolución como salida de la humanidad de la economía como tal, las insurrecciones y alternativas vacías de contenido, se toparán con las limitaciones impuestas por la forma de vida capitalista que nos habita. Nuestra lucha contra el Capital, además de la resistencia, debe abordar todos los aspectos de nuestra existencia y llevar en su seno otra forma de vida social. Es decir, una negación como creación claramente determinada.
Es en esta dirección en la que se orienta la perspectiva comunalista: superar el anticapitalismo incantatorio o adaptable para construir una ruptura concreta, a través de la democracia directa. La política apuntaría entonces a la reapropiación comunal y la organización colectiva de los medios de vida, una relocalización ética de las actividades productivas a escala humana con el fin de satisfacer las necesidades de todas y todos sin excepción —mínimo irrenunciable e igualdad de los desiguales— fuera de la esfera mercantil. No se trata de una utopía alejada de la realidad, sino de un proceso de reconstrucción social anclado en el presente, basado en acciones e instituciones populares capaces de prefigurar una sociedad poscapitalista, emancipada y en estrecha relación, mutuamente enriquecedora, con su entorno natural.

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