Los «ateneos libertarios»

Una herramienta de emancipación que convendría actualizar en estos momentos en los que se vuelven a movilizar las resistencias contra la opresión

La historia de las luchas revolucionarias no se reduce a las grandes huelgas, las insurrecciones o los enfrentamientos callejeros. También se desarrolla en espacios más discretos donde se forja una cultura común, una inteligencia colectiva, una capacidad de autoorganización: bibliotecas populares, círculos obreros, casas de barrio autogestionadas. Entre estas experiencias, los ateneos libertarios de la España de principios del siglo XX ocupan un lugar singular.

Una invención social y cultural del movimiento obrero libertario

Los ateneos libertarios (talleres, centros culturales, bibliotecas y lugares de debate) surgen entre 1910 y 1930 en los barrios obreros de Barcelona, Madrid, Valencia o Sevilla. Son a la vez:

  • lugares de formación: alfabetización, cursos nocturnos, higiene y salud, conferencias filosóficas, científicas o políticas;

  • espacios de sociabilidad: poesía, teatro, coros, excursiones, fiestas populares;

  • escuelas de autogestión: cada ateneo está dirigido por la asamblea de sus miembros, sin jerarquía, sobre la base de la participación voluntaria;

  • laboratorios políticos: debates sobre el anarquismo, el anarcosindicalismo, el anticlericalismo, la educación racionalista, el urbanismo social que prefiguró a la ecología social, la emancipación de las mujeres (abordada parcialmente, dada la época) y el comunismo libertario.

En vísperas de la guerra civil de 1936, estos ateneos se habían convertido en una verdadera red de contra-sociedades populares, capaces de rivalizar con la Iglesia, la escuela pública y la propaganda patronal. Alimentaban una batalla cultural fundamental: la de la autonomía de los oprimidos, la confianza en la capacidad del pueblo para pensar y actuar por sí mismo con miras a la emancipación: salir del capitalismo.

«La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los propios trabajadores». — Primera Internacional, retomada por los anarcosindicalistas españoles

Una dialéctica entre cultura y revolución

Los ateneos libertarios no separaban la lucha social de la cultura. Al contrario, las consideraban las dos caras de un mismo proceso de emancipación. En la dialéctica revolucionaria, la huelga general sin cultura común quedaba estéril; la cultura sin conflicto social se disolvía en el folclore.

Ahí residía su poder: haber sabido unir el gesto de formarse y el de organizarse, el deseo de saber y el de luchar por un mundo nuevo.

¿Por qué reinventarlos hoy?

En Francia, en un momento en que el movimiento del 10 de septiembre intenta abrir una brecha en el curso resignado de la política institucional, se impone una pregunta: ¿cómo transformar el impulso de las movilizaciones en una fuerza duradera, arraigada y autónoma?

Las asambleas generales, las asambleas populares, ya son lugares de decisión colectiva. Pero para perdurar, también deben convertirse en espacios donde se aprende, se comparte, se construye una visión común de lo que podría ser, más allá de la simple defensa inmediata.

Actualizar la idea de los ateneos libertarios es imaginar hoy lugares:

  • de educación popular autogestionada, arraigados en los barrios, pueblos y lugares de trabajo;

  • de solidaridad concreta (apoyo mutuo material, puesta en común de los conocimientos, cooperativas locales, etc. );

  • de creación cultural y artística al servicio de las luchas y de la emancipación individual y colectiva;

  • de debate estratégico y formación política, desde una perspectiva de ecología social y comunalista;

  • de experimentación de la autonomía material: talleres de autoconstrucción, producción alimentaria local, sistemas de atención autogestionados, movilidades solidarias.

Una autonomía inseparablemente material y política

El espíritu de los ateneos nos recuerda una verdad fundamental: no hay autonomía política sin autonomía material y viceversa. Reivindicar el poder de decidir colectivamente de nuestras vidas supone reducir la dependencia de las instituciones estatales y los circuitos mercantiles. A la inversa, cultivar la autonomía material —producir nuestros alimentos, reparar nuestras viviendas, inventar modos de transporte colectivos, mutualizar la salud— solo tiene sentido si va acompañada de una autonomía política, es decir, de asambleas capaces de debatir, decidir y organizar.

En esta articulación reside la fuerza potencial de los nuevos ateneos comunalistas: lugares donde se vincula la vida cotidiana (alimentarse, alojarse, cuidarse, desplazarse) con la lucha colectiva por la emancipación (debatir, decidir, actuar juntas y juntos).

«La libertad sin comunidad es una ilusión; la comunidad sin libertad es una prisión». » — Murray Bookchin, Por una sociedad ecológica

Una re-invención comunalista

No se trata de reproducir mecánicamente las experiencias españolas del siglo pasado. Pero su espíritu resuena en nuestra época:

  • En la era del ecocidio, la ecología social de Bookchin nos invita a repensar la libertad en su articulación con los comunes y con la naturaleza.

  • En la era de la atomización digital, necesitamos espacios físicos, arraigados, donde la convivencia despierte las emociones y donde la solidaridad se practique realmente.

  • En tiempos de crisis democrática, los ateneos pueden volver a ser escuelas vivas de democracia directa, puentes entre las asambleas populares y el tejido social cotidiano.

«La autonomía no puede reducirse a una cuestión individual; debe construirse colectivamente, como la capacidad de las comunidades para tomar las riendas de sus condiciones de vida». — Cornelius Castoriadis, La institución imaginaria de la sociedad

Un llamamiento a la experimentación

El 10 de septiembre y sus asambleas generales no deben quedar solo como una fecha más de ira, sino como un punto de partida. Propongamos, en cada asamblea general o asamblea popular, experimentar con la creación de «ateneos comunalistas»: lugares abiertos, horizontales, donde se mezclen la cultura, la política, la solidaridad y la autonomía material.

Así podremos influir en la batalla cultural y social a largo plazo. No esperemos a que otros hablen por nosotros, sino re-aprendiendo, juntas y juntos, a re-construir esa nueva sociedad por nosotras y nosotros mismos.

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