Analizar en profundidad el funcionamiento del capitalismo, en relación con su historia, es sin duda una necesidad, una necesidad que Marx ya puso en práctica en su época. Y no se puede negar que muchos autores de gran valor se han dedicado a esta tarea y han aportado valiosas contribuciones. Lo que cabe lamentar es que, en la mayoría de los casos, estos análisis críticos se han realizado y se siguen realizando desde perspectivas particulares o desde grupos de afinidad cuya característica común es ser bastante poco abiertos al diálogo, ya que la exigencia reflexiva que los acompañaba en su momento no se prestaba a ello. Esto es comprensible de forma temporal, en un momento en el que el pensamiento busca su propia coherencia, pero lo es mucho menos a largo plazo, cuando estas líneas de pensamiento se convierten en sectas, convencidas de ser las únicas poseedoras de la verdad y sordas a cualquier otro camino de pensamiento.
Sea cual sea la pertinencia de un análisis crítico, este nunca debe olvidar que lo esencial sigue siendo la capacidad de alcanzar verdaderamente aquello a lo que pretende oponerse radicalmente y que busca superar. Esto debería llevar a todos los teóricos y teóricas consecuentes a mostrar un poco más de modestia ante la debilidad de los resultados obtenidos y, en cualquier caso, a prestar más atención a lo que se les ha podido escapar o incluso a lo que les contradice. La experiencia psicológica, y también la experiencia histórica, nos lleva a constatar que la exigencia de rigor que se impone en la búsqueda de un pensamiento coherente puede convertirse fácilmente en rigidez en cuanto renuncia a plantearse dialécticamente, a reconocerse en su temporalidad, a distinguir lo que ya se está congelando en sí misma y transformándose en ideología; perdiendo así su capacidad de renovación e intervención.
La megamáquina surgida del capitalismo, en su carrera infernal, y aunque cada vez se distingan más sus límites, ha logrado hasta ahora renovarse constantemente y perpetuarse. Lo que significa que, si no logramos detenerla en esta carrera, sus límites pueden muy bien ser también los nuestros, no solo como especie humana, sino para la mayor parte de la vida en la Tierra. La suma de los análisis críticos del proceso y su razón de ser ya no servirán a nadie, salvo para satisfacerse con un «¡Ya os lo habíamos dicho!» como finalidad.
No pretendemos, como comunalistas, tener más que otros la solución milagrosa para alcanzar este objetivo más allá de nuestras propuestas organizativas y de la posibilidad de su aplicación, pero hacemos un llamamiento a todos aquellos y aquellas que son conscientes del extraordinario peligro que nos amenaza para que no se equivoquen de objetivo y no conviertan los debates necesarios en polémicas inútiles y vanas que solo acentuarán aún más las divisiones. Antes que nada, debemos encontrar las estrategias adecuadas para detener la megamáquina en su carrera hacia la extinción.
No hay nada que reivindicar en su mundo, nada que esperar de posibles negociaciones con ella ya que solo contribuirían a prolongarla. No hay nada que esperar de sus diversos representantes y participantes, tecnócratas, burócratas, políticos, economistas, medios de comunicación y variantes ideológicamente afiliadas. Estas personas no esperan otra cosa que seguir durando un poco más dentro de la megamáquina, creyendo incluso que esta les protegerá.
Somos legión en la Tierra los que ya no queremos este mundo, pero nos cuesta mucho encontrar el lenguaje que nos una, que nos convierta en una fuerza común capaz de atacar y derrocar la megamáquina, que no es en absoluto una fatalidad, sino solo un desafortunado callejón sin salida histórico en el que nos hemos dejado embarcar, más o menos a la fuerza, y del que debemos salir imperativamente. Hay muchas formas de combatir la megamáquina, pero el error consiste siempre en polarizarse únicamente en tal o cual perjuicio, tal o cual injusticia u opresión, olvidando que todo ello tiene lugar en un vasto sistema totalitario cuya dinámica es esencialmente automática y que, por lo tanto, se burla de los sufrimientos particulares, por numerosos que sean. La irresponsabilidad reina en un sistema así, desde lo más alto hasta lo más bajo de la escala que él mismo ha instituido. Los y las invergüenzas gestores y adeptos a la servidumbre de la megamáquina se suceden a un ritmo acelerado, dejando paso a otros sinvergüenzas de los que ni siquiera imaginábamos que pudiera existir tal grado de alienación individual. Lo cual, si fuera necesario, es una señal más de su avanzada senilidad.
