– contra estancamiento –
Nadie ignora esta «acción por la cual un cuerpo pasa de un lugar a otro», que recorre todo el universo, desde los átomos hasta los cuerpos celestes, pasando por todos los seres vivos de nuestro planeta. Pero durante los últimos siglos, los seres humanos y su cuerpo social han experimentado una aceleración espectacular y cada vez más sostenida. En el ámbito técnico o social, el ritmo de los cambios se ha intensificado hasta convertirse en una fuerza motriz, dictada por la necesidad de racionalizar el tiempo vinculado a la economía. Este elemento fundacional del tecnocapitalismo, que busca explotar cada secuencia de nuestras existencias personales expuestas al mercado y en nombre de la «seguridad», transforma ahora el mundo en metadatos. En la vida cotidiana, la aceleración social se traduce en una búsqueda frenética y omnidireccional de la acumulación, un imperativo ilusoriamente compensado por evasiones consumistas que, a su vez, no hacen más que acelerar nuestra propia alienación y la destrucción del medio natural que nos alberga.
«… simple constatación que podríamos calificar de determinista, pesimista o desmoralizante. (…) Y quien llame a esto determinista debería recordar que era necesario conocer la ley de la gravedad para construir aviones que pudieran combatirla eficazmente». nos recordaba Pierre Bourdieu
De ahí a pensar que la incapacidad de todos los auto-proclamados anticapitalistas para combatir a su enemigo reside en un conocimiento parcial, incluso superficial, de las leyes de la economía, esa megamáquina que nos hace gravitar en sus engranajes a una velocidad exponencial. La razón de esta carencia se debe sin duda a que, aunque todo y estando ya atrapada en las relaciones sociales, nuestra subjetividad sigue estando constituida por ellas. De ello se deduce que a esta aceleración de la degradación de la totalidad social y del medio natural que la alberga solo se opone un facsímil, una lógica de urgencia de todas las luchas que privilegian la inmediatez. La incomprensión de la economía y su poder, pero también nuestros comportamientos económicos inconscientes, extendidos a todos los ámbitos sociales, incluso a los más íntimos, nos llevan, a la hora de tener en cuenta los retos a más largo plazo — pese la urgencia y a causa de ella — a una «inmovilidad fulgurante» – Virilio – o a un «frenesí paralizante» – Pollmann -. Y, por despecho, acabamos recurriendo a los partidos políticos con el fin de moderar al Estado, darle «un rostro humano», lo que solo consigue perpetuar la ignominia haciéndola más aceptable socialmente. Esto ante la evidencia de que «la política en el sentido tradicional ha muerto (…). Por lo tanto, el movimiento revolucionario debe aparecer como lo que es: un movimiento total que se ocupa de todo lo que los hombres hacen y sufren en la sociedad y, sobre todo, de su vida cotidiana real». Castoriadis
Dotarse de un movimiento revolucionario es ir mucho más allá de las manifestaciones bien encuadradas que se limitan a desplazarse de Atocha a Plaza España, o incluso de aquellos inicios de movimiento social como el 15M o el de los Chalecos Amarillos, pese a la fuerza y duración de ambos. La historia que nos enseña que las revoluciones son procesos a largo plazo – pese a la urgencia y por ella – y que no se desocializa y resocializa a los individuos en un día, sino mediante un proceso gradual, es decir, un movimiento que nos lleva hacia un mundo nuevo. Bookchin, que no creía en las «leyes» de la historia, —las de cierto marxismo— y que aprendió a dudar de la espontaneidad que se agota o acaba alimentando los populismos extremistas de izquierda o de derecha, volvió a una concepción pedagógica del cambio revolucionario, que convertiría a los promotores de la idea comunalista en actores esenciales, como fermentos inmersos dentro del movimiento. Un movimiento comunalista que lleva en su corazón las luchas —contra las dominaciones, las exclusiones y otras barbaridades de la tiranía económica—, pero también las prácticas alternativas —sociales, ecológicas y educativas—. Acciones complementarias y asociadas, ambas cómplices en una perspectiva emancipadora común, guiadas por un imaginario, una «utopía realista» suficientemente poderosa, capaz de proponer un sistema sociopolítico que sustituya al capitalismo. Porque solo se podrá derrocar realmente a este último si se es capaz de sustituirlo en su totalidad social. Sin olvidar la indispensable constitución de una subjetividad política como política auténtica, que es la reconstitución de una unidad ya dada en las prácticas sociales presentes, pero también en las heredadas del pasado. Así nos lo recordaba Castoriadis: «en el momento en que comienza un movimiento de autoinstitución o re–institucionalización, la comunidad que se auto–instituye se recibe a sí misma, en cierto modo, de su propio pasado, con todo lo que este pasado conlleva, con todo lo que implica».
Recordaremos en particular las lecciones del movimiento anarquista del estado español, que dio lugar a la revolución más exitosa del siglo XX. Las luchas, las huelgas, las ocupaciones y las insurrecciones se concebían como «gimnasia revolucionaria». Los sindicatos, los ateneos libertarios, las escuelas racionalistas, las cooperativas de producción, de vivienda y de alimentación eran herramientas para adquirir el número, la convicción y la capacidad revolucionaria suficientes para derrocar al Capital, sembrando a diario las semillas de su horizonte emancipador: el comunismo libertario. Un proceso intergeneracional creciente llevado a cabo durante más de 70 años que restauró una forma de esperanza energizante y otorgó más ascendencia sobre el curso de la historia. Por supuesto, copiar y pegar no puede funcionar ni en el tiempo ni en el espacio, ya que ambos son muy singulares, pero el principio sigue siendo válido. El inicio de una práctica política comunalista aquí y ahora solo podrá alimentarse y construirse a partir de las semillas de la autonomía social arraigadas en nuestro tiempo y nuestros espacios determinados. Pero limitarse y centrarse únicamente en el hecho social reivindicativo —la convergencia de luchas que nunca convergen por falta de un horizonte común— o en las alternativas, ambas haciendo caso omiso de lo «político» contra la política, equivaldría a proporcionar una simple «alternancia» que nos devuelve a la impotencia, a una normalidad sin esperanza, al estancamiento. El movimiento comunalista aspirará a la conjugación de ambos espacios, enriquecida por un constante ir y venir entre la teoría y la práctica. Es lo que se denomina praxis. «El objeto mismo de la praxis es lo nuevo» y «su sujeto mismo se transforma constantemente a partir de esta experiencia en la que está comprometido y que hace, pero que también le hace a él». Catoriadis
Sin olvidar que «un movimiento municipalista libertario —comunalista— deberá ser internacional, como cualquier otro movimiento radical, por otra parte. Y necesitamos una Internacional dinámica, sólidamente arraigada en una base local». Bookchin
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