La confusión que se mantiene entre la actividad humana y el trabajo es intrínseca a la ideología capitalista, y es indispensable para esta ideología mantener dicha confusión, que se materializa en la sacralización permanente del concepto de trabajo, intentando hacer olvidar que este trabajo es, ante todo y para todos, la privación de las posibilidades de su propia actividad en beneficio de algo que le es fundamentalmente ajeno. Este «algo» no es otra cosa, cuando se mira de cerca, que el crecimiento sin fin del capital, su valorización caníbal a expensas de toda actividad propiamente humana. En el mundo capitalista, cada uno se ve más o menos obligado a renunciar a la actividad que podría dar sentido a su vida, a lo que le permitiría manifestar su forma particular de existencia, sus talentos individuales, en beneficio de esa abstracción deshumanizada que también se denomina economía política. En ese mundo, el sujeto humano no existe, sus aspiraciones son negadas, sus posibilidades de realización reducidas a la insignificancia, ya que son las necesidades del mercado y no las suyas las que serán determinantes, la mayoría de las veces en total contradicción con todo lo que podría desear.
Para ello, el capitalismo ha trabajado constantemente en la disolución del vínculo social, en la desaparición de todo sentimiento de pertenencia a una comunidad efectiva, una comunidad en la que la necesidad de actividad propia de toda individualidad pudiera desarrollarse en interés común. Pero el capitalismo, en sus objetivos particulares, solo reina mediante la separación, la competencia generalizada y esa esclavitud encubierta que es el trabajo. No hay duda de que el despliegue masivo, a partir de mediados del siglo XIX, de maquinaria y tecnologías específicamente orientadas al aumento de los beneficios y con una lógica puramente cuantitativa, desempeñó un papel decisivo en esta desposesión que acabó transformando la mayor parte de la actividad humana en trabajo y convirtiendo al trabajador en un simple engranaje de la máquina.
Marx, ya en aquella época, en sus estudios preparatorios de El capital, en sus Grundisse, discernía con bastante claridad el proceso: «La actividad del obrero, reducida a una simple abstracción de la actividad, está determinada y regulada por todos lados por el movimiento de la maquinaria, y no al revés. (…) La consideración del proceso de trabajo como un simple momento del proceso de valorización del capital también se plantea desde el punto de vista material por la transformación de la herramienta de trabajo en maquinaria, y del trabajo vivo en un simple accesorio vivo de esta maquinaria; como medio de su acción».
Se observa entonces que, lejos de ayudar a la actividad humana (al trabajo vivo), las tecnologías y el cientificismo de la megamáquina del capital no han hecho más que trabajar para marginarla y degradarla. El ser humano se ve así despojado de su expresión particular y de los recursos de su creatividad. Se ve cada vez más reducido al papel de accesorio del avance ciego de la economía política y bajo la amenaza constante de aparecer como totalmente superfluo y, por lo tanto, privado de todos los recursos dentro de este sistema.
El dominio cada vez más invasivo y alienante de lo digital en el mundo contemporáneo no hace, en definitiva, más que completar este proceso. Con la diferencia de que ya no son los obreros los que se ven directamente amenazados, sino los ejecutivos, toda esa clase media en expansión que en décadas anteriores había podido creerse a salvo de la modernización e incluso beneficiarse de ella, sin medir nunca la pérdida que la acompañaba. Las funciones que desempeñaban al servicio de la megamáquina serán ahora realizadas sin demasiada dificultad por la inteligencia artificial. Sin embargo, los defensores de la religión capitalista siguen proclamando a los cuatro vientos y sin vergüenza que hay que trabajar, trabajar más y durante más tiempo, con el pretexto de que hay una deuda, sin que se entienda claramente de dónde viene esa deuda, quién es responsable de ella ni a quién hay que pagársela… Lo siento, chicos, pero arregláoslas con vuestra deuda y vuestro trabajo, porque por nuestra parte, vamos a intentar devolver el lugar que le corresponde a la actividad creativa para todos y todas, y realmente no vamos a tener tiempo para trabajar.

