Los activistas ecologistas y lo digital: usos, críticas, preocupaciones (y perspectivas comunalistas)

Introducción

Lo digital ocupa hoy un lugar central en nuestras vidas, nuestras relaciones sociales y nuestras prácticas activistas.

Es a la vez una herramienta de organización y difusión, un espacio de «contradiscurso» y movilización, pero también una fuente de alienación, dependencia y vigilancia.

Su omnipresencia no puede pensarse independientemente de sus condiciones materiales de existencia.

Como subraya Fabien Lebrun en Barbarie numérique. Une autre histoire du monde connecté (2024), el universo supuestamente «desmaterializado» de lo digital se basa en un fundamento material de violencia: minería destructiva, guerras por el control de los recursos, explotación laboral y destrucción ecológica.

Por lo tanto, cualquier reflexión sobre lo digital supone plantear desde el principio la pregunta: ¿estamos hablando de una herramienta neutra o de un sistema tecnológico totalizador, inseparable del capitalismo industrial, colonial y militar que lo ha creado?

Para la ecología social comunalista, esta cuestión no es solo teórica: implica una reflexión sobre la manera de recuperar colectivamente el control de la tecnología, condición esencial para cualquier autonomía política y ecológica.

Es desde esta perspectiva crítica, pero abierta a la reconstrucción de lo común, que el Taller de Ecología Social y Comunitarismo propone abordar la cuestión de lo digital a través de cuatro ejes: usos, críticas, preocupaciones y propuestas.

I. Usos: entre la imposición, la táctica y la experimentación

Para la mayoría de los activistas ecologistas, lo digital se impone hoy en día como una infraestructura imprescindible: un medio de comunicación, organización y difusión.

Permite llegar a un público amplio, coordinar luchas dispersas y experimentar formas de solidaridad translocal.

Pero estos usos suelen estar condicionados: son consecuencia de la desintegración del tejido social y del retroceso de las relaciones interpersonales en un mundo dominado por la distancia, la velocidad y la fragmentación.

Incluso cuando se utiliza en un contexto militante, lo digital nunca es neutro.

Las plataformas comerciales configuran los intercambios según su lógica mercantil: recopilación de datos, mercantilización de la atención, estandarización del discurso… Su lógica de inmediatez y comunicación desencarnada debilita las formas de organización directa y el vínculo sensible con el territorio, fundamentos de la ecología social y del comunalismo.

Por eso, muchos colectivos ecologistas están experimentando con formas de uso crítico: recurso a software libre, servidores autogestionados, herramientas descentralizadas o incluso combinar la coordinación en línea con las asambleas presenciales.

Para los activistas más radicales, los usos de lo digital oscilan así entre la necesidad y la vigilancia, entre la urgencia de actuar y la conciencia del peligro.

II. Críticas: lo digital como sistema de dominación

Lo digital no es solo un conjunto de herramientas: constituye una arquitectura de dominación inscrita en la lógica del capitalismo globalizado.

Su desarrollo se basa en una infraestructura material que consume mucha energía (centros de datos, satélites, cables submarinos, etc.), en el extractivismo y la explotación humana en los países del Sur, y en una dependencia cada vez mayor de las sociedades respecto a las redes centralizadas.

Como han demostrado Jacques Ellul, Bernard Charbonneau, Ivan Illich, André Gorz, Cornelius Castoriadis, Silvia Federici o Floréal M. Romero, la tecnología nunca es neutral: es siempre el reflejo de una elección política y social.

Bajo el capitalismo, reproduce la lógica de la dominación: brecha entre desarrolladores y usuarios, monopolio del conocimiento, pérdida de autonomía y subordinación de lo vivo a los imperativos del crecimiento.

Lo digital acentúa esta dinámica.

Al disolver la relación directa con el mundo y sustituir la conexión por la relación, contribuye a una ruptura antropológica: a una pérdida del ritmo, del silencio, de lo sensible y de lo común.

Este proceso, analizado tanto por Karl Marx como por David Le Breton, está en consonancia con la racionalización de la economía y su desmesura: la que transforma la técnica en instrumento de aceleración, explotación y control.

En resumen, lo digital es la herramienta capitalista por excelencia: lo digital y la IA no son más que la consecuencia lógica de la evolución de una tecnología mejorada sin cesar con el fin de adaptar al ser humano a la aceleración sin fin de la dinámica intrínseca y coercitiva del valor capitalista. Se trata de eliminar su naturaleza social y romper toda resistencia para hacerlo cada vez más eficaz, eficiente, rentable y productivo. Los discursos de todas las pseudoélites políticas, que proclaman su oposición al totalitarismo, son pura palabrería, mero discurso ideológico que oculta una gubernamentalidad neoliberal que despliega esta lógica del valor hasta en los aspectos más profundos de la existencia. Una política ligada a los genes del capital y que no puede sino favorecer este reformateo del ser humano a imagen de los demenciales programas de los totalitarismos del siglo XX para producir un «hombre nuevo». Un programa aún más peligroso, en la medida en que, al ser de tipo orwelliano, permanece invisible y se da por sentado.

III. Preocupaciones: actuar dentro y contra el sistema

Por lo tanto, la cuestión no es solo «¿debemos o no debemos utilizar la tecnología digital?», sino más bien: ¿cómo actuar dentro y contra ella?

Vivimos una contradicción estructural: debemos utilizar las herramientas del sistema para cuestionarlo, comunicarnos o simplemente existir en el espacio público.

Esta tensión no es una incoherencia moral, sino una tragedia política: la de tener que recurrir a lo que rechazamos.

Es la condición paradójica de todas las luchas en la sociedad tecnocapitalista.

Pero esta condición no es una debilidad del movimiento, sino su punto de partida: aprender a luchar en la dependencia, sin dejar de trabajar para superarla.

Esto supone distinguir entre:

• los usos forzados de la tecnología digital (por necesidad, a falta de una alternativa inmediata);

• y los usos críticos o transitorios, que buscan desviar, minimizar o colectivizar la tecnología al servicio del bien común.

Existen iniciativas desde hace varias décadas: software libre (GNU/Linux), infraestructuras comunitarias (Guifi.net, Freifunk), material libre (Arduino), talleres de baja tecnología, o incluso colectivos franceses como Framasoft, La Quadrature du Net o los CHATONS.

Demuestran que es posible practicar una autonomía técnica, aunque sea muy parcial, en el marco de una sociedad aún capitalista.

Pero estas prácticas siguen siendo frágiles a largo plazo: no pueden mantenerse sin una base política, sin instituciones populares capaces de fijar límites colectivos y crear nuevas herramientas.

Por lo tanto, la crítica de lo digital no puede disociarse de la autoinstitucionalización de un poder político local: el de los municipios, las asambleas populares, la federación y la confederación de estas últimas, desde la base.

La política se ha de concebir como órgano federador de las actividades sociales comunes, con el fin de cubrir las necesidades básicas a nivel local y reconstruir la sociedad, mediante la ayuda mutua, la solidaridad y lo común.

IV. Propuesta: la comunotecnia como horizonte ético, político y «convivial»

Ante estas constataciones, el Taller de Ecología Social y Comunitarismo propone la noción de comunotecnia como horizonte dialéctico.

Comunotecnia (n.f.)

Del latín communis (común, compartido) y del griego technè (arte, saber hacer).

-> Conjunto de prácticas técnicas elaboradas, dominadas y transformadas colectivamente en comunidades democráticas y ecológicas.

La comunotecnia no designa ni una tecnología ideal, ni un rechazo puro y simple de la técnica, sino la primera de las técnicas: la praxis política, la que condiciona todas las demás.

Consiste en someter las técnicas humanas a los principios de la democracia directa, la sobriedad, la convivencia y la simbiosis con la naturaleza.

Se inscribe en la continuidad de las reflexiones de Lewis Mumford sobre las técnicas democráticas, de Ivan Illich sobre las herramientas «convivenciales» y de Murray Bookchin sobre la autonomía tecnológica en el municipalismo libertario.

La convivialidad como condición de la comunotecnia

Para Illich, una herramienta se considera «convivial» cuando refuerza la autonomía y la cooperación, en lugar de socavarlas.

Permite a cada uno actuar sin depender de un grupo de especialistas y a la comunidad gobernarse sin delegar su poder en dispositivos técnicos o en expertos.

Esto es también lo que Gorz recordaba acertadamente: «la autogestión supone herramientas susceptibles de ser autogestionadas».

En otras palabras, la convivialidad se refiere a una ecología del gesto técnico, en la que la herramienta está al servicio de la persona integrada en la comunidad, y no al revés.

Por lo tanto, no es un complemento del alma, sino una medida política de la libertad: un instrumento es convivial si permite a una comunidad autolimitarse, aprender juntos y decidir sus usos.

Hacia una técnica convivial y comunalista

La comunotecnia reconoce que, en la fase actual, el uso de la tecnología digital puede ser transitoriamente necesario, pero solo si se relocaliza, colectiviza, desjerarquiza y reapropia.

No se trata de «adaptar» la tecnología digital actual, sino de domesticarla políticamente, de reinventarla colectivamente, poniéndola bajo el control de los municipios y las asambleas populares, en una lógica de donación, intercambio de conocimientos y convivencia técnica.

Como recuerda Steka, «aún no sabemos lo que una sociedad comunalista será capaz de utilizar o inventar» en materia técnica.

Pero la apuesta sigue siendo la de ser capaces de aprovechar las técnicas —incluso las tecnologías— que nos liberen de trabajos demasiado penosos o repetitivos, sin alienar a otras poblaciones como las del «Sur global», ni privarnos del «hacer juntos», que es la base de toda creación humana y de todo vínculo social auténtico, los únicos que favorecen la comunicación verdadera y constituyen su esencia ontológica.

Este reconocimiento de nuestra ignorancia no es una debilidad, sino una condición de lucidez: nos obliga a pensar en la transición comunotecnopolítica no como un plan, sino como un proceso colectivo de aprendizaje.

Así, la comunotecnia puede entenderse como una convivencia instituida, una puesta en común consciente de los medios técnicos, orientada por valores de libertad, autogestión, autolimitación y cooperación.

Constituye a la vez una brújula ética y un proyecto de emancipación:

• salir de la dependencia sin renunciar a la capacidad de actuar;

• reinventar nuestros gestos, nuestros ritmos y nuestras herramientas a escala de las comunidades vivas;

• hacer de la técnica no un poder sobre la vida, sino un arte del vínculo, de la medida y de lo común.

Conclusión

Los activistas ecologistas se enfrentan a una contradicción que nadie puede eludir: actuar dentro de un mundo tecnológico que desean superar.

Debemos actuar aprisionados por una infraestructura tecnológica que queremos abolir.

Esta contradicción debe convertirse en el lugar de una praxis lúcida, basada en la crítica radical, la experimentación concreta y la reconstrucción de lo común.

La comunotecnia, en el marco del proyecto emancipador comunalista, no ofrece una solución mágica: traza una dirección, un horizonte, una forma de habitar el mundo reconciliando el saber hacer, la autonomía, la convivencia y la responsabilidad ecológica y social.

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