IV — Ecología social y antropología libertaria

Serie: La ecología social hoy — Raíces

¿Es natural la jerarquía?

El mito de la dominación natural puesto a prueba por los hechos

«La jerarquía y la dominación no son elementos naturales de la vida social; son el producto de un largo desarrollo histórico. » — Murray Bookchin, The Ecology of Freedom (1982)¹

Allí donde las sociedades han visto derrumbarse sus instituciones, ha resurgido una misma creencia: la de que el poder, la jerarquía y la dominación forman parte de la naturaleza de las cosas. Que sin líder, sin Estado, sin ley coercitiva, la humanidad volvería a la violencia y al caos. Esta convicción no es solo un prejuicio; es un argumento político —a menudo esgrimido para justificar el orden existente y desalentar cualquier ambición de transformación.

Los textos anteriores han permitido establecer un punto esencial: la dominación no es una fatalidad inscrita en la naturaleza humana, sino una construcción histórica.

Queda entonces una cuestión decisiva. ¿Esta afirmación es solo una crítica a las sociedades modernas, o puede ponerse a prueba a la luz de la propia historia de la humanidad?

Es aquí donde la antropología cobra un papel decisivo.

En cuanto se amplía la mirada a una perspectiva de largo plazo, una constatación se impone. Las formas sociales que hoy damos por sentadas —el Estado, la jerarquía centralizada, la acumulación— aparecen como construcciones tardías. Durante milenios, las sociedades humanas han existido sin un poder centralizado duradero, sin aparato estatal, y a veces incluso elaborando mecanismos explícitos para impedir el surgimiento de la dominación.

Esta constatación no permite idealizar a esas sociedades. Sin embargo, basta para resquebrajear una creencia profundamente arraigada: la de que la jerarquía constituiría el horizonte insuperable de toda organización humana.

Las sociedades contra el Estado

Una de las principales aportaciones de la antropología política radica en un cambio de perspectiva. Algunas sociedades no son «sin Estado» porque aún no lo hayan logrado, sino porque están organizadas de tal manera que impiden que se forme un Estado.

Esto es lo que demostró Pierre Clastres² a partir del estudio de las sociedades amerindias. El poder del jefe está estrictamente limitado: no manda, no coacciona, y su posición depende de su capacidad para mantener el equilibrio del grupo. Si intenta imponer su autoridad, puede ser ignorado, destituido, a veces neutralizado ritualmente. El poder no se concentra allí; circula, se difunde en el cuerpo social.

Desde una perspectiva diferente pero complementaria, James C. Scott³ ha puesto de relieve sociedades que han desarrollado estrategias para escapar de las lógicas estatales. La movilidad, la dispersión, la limitación de la acumulación o el rechazo de ciertas formas de administración no responden a una falta de organización, sino a una elección política: preservar una autonomía colectiva frente a los intentos de centralización.

Estas formas no pertenecen únicamente al pasado. Aún hoy, hay comunidades que viven al margen de las estructuras estatales, elaborando formas de organización arraigadas en territorios, prácticas y modos de decisión propios. La ausencia de Estado no constituye allí un vacío, sino una forma política en sí misma, construida, defendida y siempre atravesada por tensiones.

Una diversidad histórica y contemporánea

Las investigaciones recientes han ampliado aún más esta comprensión.

David Graeber(5) y David Wengrow⁴ han demostrado que las sociedades humanas no siguen una trayectoria única que conduzca inevitablemente a la forma estatal. La historia se presenta, por el contrario, como un vasto campo de experimentación política: algunas sociedades han alternado entre formas jerárquicas y formas igualitarias, otras han combinado varios tipos de organización dentro de un mismo espacio, o han transformado sus instituciones en función de los contextos. Lejos de ser rígida, la vida social se revela profundamente plástica.

Esta diversidad no pertenece solo al pasado. Se prolonga hoy en formas de vida que escapan, parcial o provisionalmente, a los marcos dominantes. A menudo discretas, a veces deliberadamente ignoradas por los relatos oficiales, estas experiencias nos recuerdan algo esencial: las sociedades humanas nunca han dejado de inventar otras formas de convivir.

Ni edad de oro, ni fatalidad

Sin embargo, sería engañoso convertir estas observaciones en una idealización.

La antropología no revela un paraíso perdido. Las sociedades sin Estado también conocen tensiones, conflictos y desequilibrios. Como ha demostrado Marshall Sahlins⁶, las formas de igualdad observadas se basan a menudo en acuerdos precarios, siempre susceptibles de ser cuestionados.

Este punto es decisivo. No se trata de sustituir el mito del progreso por el de una edad de oro original. La historia humana no es ni una marcha lineal hacia la dominación, ni el recuerdo de una armonía perdida. Está hecha de bifurcaciones, de experimentos, de inventos y de rechazos.

En otras palabras, la dominación no es inevitable, pero su ausencia nunca está garantizada. Es en este espacio abierto e incierto donde la ecología social inscribe su reflexión.

La aportación antropológica a la ecología social

En diálogo con estos trabajos, la ecología social encuentra un apoyo decisivo. Ya no se conforma con afirmar que la dominación es histórica; puede demostrar que ha sido cuestionada, contenida y, en ocasiones, impedida.

Esta perspectiva refuerza una intuición central: las formas políticas no solo se heredan, sino que pueden instituirse de otra manera.

Las investigaciones de Elinor Ostrom⁷ aportan a este respecto una valiosa perspectiva. Demuestran que las comunidades contemporáneas son capaces de organizar colectivamente la gestión de los recursos comunes sin recurrir ni al mercado ni a un Estado centralizado. La autoorganización no es una hipótesis abstracta; constituye una práctica real.

Pero estas formas de organización no se reducen a dispositivos institucionales. Se arraigan en formas de habitar el mundo, de nombrar las relaciones y de definir las obligaciones recíprocas. Como subraya Yásnaya Elena Aguilar Gil⁸, las formas políticas son indisociables de las lenguas y las cosmologías que las hacen posibles: categorías como «individuo» o «propiedad» no son universales, y pensar una sociedad sin Estado implica también transformar los marcos conceptuales a partir de los cuales entendemos los vínculos entre individuos, colectivos y entornos de vida.

Reinventar los bienes comunes políticos

«La libertad no puede existir sin instituciones que la hagan posible.» — Murray Bookchin, Remaking Society (1989)¹

La aportación de la antropología no consiste en proponer un retorno a formas antiguas. Más bien abre un horizonte.

Si algunas sociedades han logrado limitar la concentración del poder, si algunas comunidades han sabido organizar colectivamente sus condiciones de vida, y si estas experiencias continúan hoy en día bajo diversas formas, entonces la democracia directa deja de parecer una utopía abstracta. Se convierte en una posibilidad humana concreta.

Para la ecología social, esto significa que la transformación política no parte de cero. Puede apoyarse en capacidades ya presentes en la historia humana, al tiempo que reconoce que las condiciones contemporáneas —marcadas por interdependencias globales y sistemas técnicos complejos— exigen formas inéditas.

No se trata, pues, ni de imitar ni de restaurar, sino de reinventar los bienes comunes políticos. Estos no se reducen a instituciones formales. Cobran forma en las prácticas: formas de habitar un territorio, de organizar la ayuda mutua, de decidir juntos, de acoger y reconocer al otro.

A través de experiencias a menudo frágiles y poco visibles, ya se perfila la posibilidad de formas de vida que escapan, al menos en parte, a las lógicas estatales y mercantiles.

Una hipótesis reforzada

En esta etapa de la serie, se perfila una hipótesis.

Si la dominación no es natural, si algunas sociedades han sabido evitarla o contenerla, si aún hoy existen formas de autoorganización, entonces la democracia directa no es una ficción.

Se presenta como una posibilidad histórica —exigente, incierta, pero muy real—.

La ecología social no promete un mundo sin conflictos. Abre una perspectiva más exigente: la de sociedades capaces de transformarse conscientemente, asumiendo colectivamente las condiciones de su existencia.

Transición — Hacia una ecología de las subjetividades y del cuidado

Pero comprender que la dominación no es natural no basta para deshacerse de ella.

Porque las estructuras sociales no se imponen solo desde el exterior. También se inscriben en los hábitos, los deseos, los miedos —en lo que hemos aprendido a considerar normal, inevitable, natural—. Moldean nuestras formas de sentir la autoridad, de reaccionar ante la coacción, de anticipar lo que podemos o no exigir de la vida en común.

La cuestión se vuelve entonces más íntima: ¿cómo se reproducen las formas de dominación en nosotros mismos?

Es este desplazamiento el que exploraremos en el próximo texto: V — Ecología social y psicoterapia — Raíces

Notas

¹ Murray Bookchin, The Ecology of Freedom, Cheshire Books, 1982; Remaking Society, Black Rose Books, 1989.

² Pierre Clastres, La Société contre l’État, Minuit, 1974.

³ James C. Scott, The Art of Not Being Governed, Yale University Press, 2009.

⁴ David Graeber y David Wengrow, The Dawn of Everything. A New History of Humanity, Farrar, Straus and Giroux, 2021.

⁵ David Graeber, Fragments of an Anarchist Anthropology, Prickly Paradigm Press, 2004.

⁶ Marshall Sahlins, La Edad de Piedra, la Edad de la Abundancia. La economía de las sociedades primitivas [1972], Gallimard, 1976.

⁷ Elinor Ostrom, Governing the Commons. The Evolution of Institutions for Collective Action, Cambridge University Press, 1990.

⁸ Yásnaya Elena Aguilar Gil, Nosotros sin el Estado, Ici-bas, 2024.


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