«Ningún gobierno lucha contra el fascismo para destruirlo. Cuando la burguesía ve que el poder se le escapa, instaura el fascismo para preservar sus privilegios. (…) Al fascismo no se le discute, se le destruye.» Esta frase, atribuida a Buenaventura Durruti, resurge cada vez que la extrema derecha gana terreno. Es cierta, pero ¿lo dice todo? ¿Necesita una actualización?
Un hijo, no un enemigo
Ningún gobierno combate a la extrema derecha para destruirla. No por complicidad secreta, sino porque no es enemiga de la democracia de mercado: es uno de sus vástagos. Robert Kurz ya lo señalaba en 1993: el nuevo extremismo de derecha no viene de fuera. Es testimonio tanto del triunfo como de la crisis de una democracia de economía de mercado que se ha convertido en el único mundo posible, sin poder ofrecer un futuro a todos.
Un extracto de su texto de entonces, «Die Demokratie frisst ihre Kinder», traducido al francés en 2024 en Quand la démocratie dévore ses enfants [Cuando la democracia devora a sus hijos] y acompañado de un epílogo de Roswitha Scholz, lo dice sin rodeos:
El suelo de la democracia victoriosa de la economía de mercado resulta ser un desolado desierto, y es sobre ese mismo suelo donde se desarrolla la nueva barbarie. El «yo» democrático del individuo abstracto y mercantil vive la dramática experiencia de su vacuidad frente a los criterios ciegos del sistema, que desmienten al «yo» en el mismo momento en que la libertad parece alcanzar su última y mayor victoria. En realidad, la libertad democrática resulta ser un vacío tan completo como voraz. Al igual que Saturno, el totalitarismo democrático de la economía de mercado devora a sus propios hijos.
La lógica de dominación sin sujeto, intrínseca al sistema de mercado democrático, se exterioriza de manera represiva y, en un primer momento, no genera, como reacción, una nueva crítica emancipadora, sino un eco mortífero de sí misma. La democracia y el extremismo de derecha van de la mano como gemelos siameses, unidos internamente por la circulación sanguínea del proceso abstracto de valorización y sus coacciones mudas. Al final del proceso de modernización, cada democracia engendra, por ley lógica, el nuevo extremismo de derecha en alguna de sus variantes, como reacción inmanente. La máscara hipócrita de la liberalidad invita a golpear tres veces; pero es el puño de la misma aterradora entidad-fetiche el que golpea con una locura ciega.
Robert Kurz y Roswitha Scholz, Quand la démocratie dévore ses enfants. Remarques sur les fascismes historiques et le nouvel extrémisme de droite [Cuando la democracia devora a sus hijos. Observaciones sobre los fascismos históricos y el nuevo extremismo de derecha], trad. al francés de Frédéric Point, Albi, Crise & Critique, col. «Au cœur des ténèbres», 2024, p. 44 (traducción nuestra del francés).
Una dominación sin sujeto
Hace más de treinta años, Robert Kurz ya describía lo que estamos viviendo hoy. No desmiente la frase atribuida a Durruti: profundiza en su significado. En 1936, la gran propiedad terrateniente, la Iglesia y una parte de la patronal apoyaron sin lugar a dudas el levantamiento franquista. Aún hoy, fracciones de la burguesía desempeñan un papel activo a todos los niveles, y muy especialmente en la propaganda: los imperios mediáticos en manos de unas pocas grandes fortunas banalizan día tras día los temas de la extrema derecha.
Pero estos actores no son los autores del proceso. Son, en palabras de Marx, sus «personificaciones»: eligen, financian y difunden, pero ejecutan lo que exige la competencia más que inventarlo. Bajo sus voluntades, muy reales, opera una «lógica de dominación sin sujeto»: la de la valorización del capital, que nadie decide y que se impone a todas y todos, incluidos los capitalistas. Atacar únicamente a los actores es dejar intacta la máquina que produce otros.
El «yo» democrático es el individuo libre para vender y comprar, para competir y emprender. Pero esta libertad solo vale lo que le conceden los «criterios ciegos del sistema»: ser rentable, empleable, competitivo. Cuando la productividad hace que el trabajo sea cada vez menos necesario, sectores cada vez más amplios de la población descubren que ese «yo» no tiene ningún peso. La libertad democrática de la economía de mercado se revela entonces como «un vacío tan completo como voraz».
Por eso la sociedad mercantil no elige el fascismo como se elige un arma. Ningún consejo de administración lo ha decidido, aunque algunos, entre los más acaudalados, lo financien deliberadamente. La sociedad mercantil lo segrega, como una «reacción inmanente».
Kurz distingue, por otra parte, este nuevo extremismo de derecha de los fascismos históricos. Estos últimos tenían un proyecto: modernizar a marchas forzadas economías atrasadas. El de hoy surge «al final del proceso de modernización» y ya no tiene ningún futuro que ofrecer. No es más que el «eco mortífero» de un sistema que ya tampoco tiene futuro.
Un caldo de cultivo
La democracia de mercado y la extrema derecha son, escribe Kurz, gemelos siameses «unidos internamente por la circulación sanguínea del proceso de valorización». Esa sangre común es la competencia y la separación, y de ellas se nutre la extrema derecha.
Nace del miedo al desclasamiento, que atraviesa todas las capas sociales y a menudo golpea de forma anticipada. De la competencia de todos contra todos, que convierte al otro en rival antes de convertirlo en enemigo. De los racismos, que señalan quién sobra cuando ya no hay sitio para todos. Y del antisemitismo, que da un rostro a una dominación sin rostro, es decir, precisamente a esa dominación sin sujeto.
Por último, nace de una masculinidad que exige que se le devuelva el orden que cree haber perdido. Este orden relega a las mujeres a aquello que el valor siempre ha rechazado fuera de sí: el cuidado, la reproducción, lo invisible. Roswitha Scholz lo subraya en su epílogo a la obra: la crisis del valor es también la crisis de una masculinidad que se había identificado con él.
Lo que no sirve para nada
Kurz habla de la «máscara hipócrita de la liberalidad». Detrás de esta máscara, al igual que detrás del puño de la extrema derecha, es la misma «entidad-fetiche» la que golpea.
Por lo tanto, oponerle una lección de moral no sirve de nada. Alexis Piat, al comentar a Kurz, lo resume así: «La denuncia liberal y moralizante del nuevo extremismo de derecha resulta, por tanto, profundamente hipócrita: se indigna por los efectos mientras trabaja activamente al servicio de las causas, y no es más que el sermón que quienes aún se mantienen a flote dirigen a quienes no dejan de hundirse.»1 Esta condena, sea cual sea su color político, humilla a quienes se hunden y confirma el discurso que pretende combatir. Además, comparte con la extrema derecha una misma moral, la del trabajo erigido en virtud y la del mérito, que clasifica las vidas.
Oponerle la nostalgia del pleno empleo tampoco sirve de nada. Las condiciones para una integración a través del trabajo asalariado se han desvanecido, y ninguna supuesta reactivación económica las hará volver.
Esto no significa que todo valga lo mismo. Las libertades conquistadas merecen, sin lugar a dudas, ser defendidas. Pero defenderlas ya no basta.
Destruir sus condiciones
El sistema, escribe Kurz, no genera «en un primer momento» una crítica emancipadora, sino un «eco mortífero» de sí mismo. En un primer momento: nada obliga a que esto siga siendo así. Esta crítica, y las prácticas que la sustentan, aún están por construir.
A la extrema derecha no se le discute. Combatirla de verdad significa destruir sus condiciones, su caldo de cultivo. Eso significa salir de la forma-valor: dejar de producir para vender y de vivir vendiendo la propia fuerza de trabajo. También significa salir de la escisión que es su reverso, aquella que asigna a las mujeres todo aquello que el valor no tiene en cuenta.
Esto significa instaurar en todas partes, desde abajo, asambleas populares confederadas, una democracia directa: ya no la forma política de la mercancía, sino la autonomía de lo común, vivo y compartido.
Estas asambleas encarnarían lo que Murray Bookchin denominaba una «economía moral municipal»: una economía en la que lo que se produce, cómo y para quién, es fruto de la deliberación y de una ética común, y ya no del mercado. La crítica del valor-disociación nos obliga a ir más allá: una economía moral sin dinero, es decir, propiamente hablando, una salida de la economía, una antieconomía. No se trata de una moneda más justa o mejor distribuida, sino de necesidades y medios decididos directamente, en especie. Estas decisiones se regirían por los principios que Bookchin retomaba de las sociedades orgánicas: «el usufructo y la custodia» en lugar de la propiedad, «la igualdad de los desiguales» y el «mínimo irreducible» garantizado a todas y todos. A ello se suma la «toma del montón», tan querida por Kropotkin, para todas y todos.
Allí donde las comunas deciden juntas qué producen, cómo cuidan y qué hacen con su territorio, el miedo al desclasamiento pierde su objeto: ya no hay ningún lugar que perder cuando nadie tiene que venderse para vivir. La competencia pierde su razón de ser.
No es un programa para un futuro lejano. Es lo que ya está intentando, aquí y allá, el movimiento emancipador en los intersticios del desastre. Nos corresponde a todos intentar darle cuerpo.
1 Alexis Piat, reseña de Robert Kurz y Roswitha Scholz, Quand la démocratie dévore ses enfants, Actuel Marx, n.º 77, 2025/1, p. 215 (traducción nuestra del francés).
