El texto que sigue sobre «La imperativa necesidad de salir del capitalismo» es un resumen de uno de los talleres de una larga serie organizada por Chusma Selecta y Floréal Roméro para comprender mejor nuestro mundo: la serie completa se titula «El reino del dinero». Cada uno de estos textos tendrá, por tanto, una continuación…
No se trata aquí de esa crítica cínica, burlona o conspirativa que vemos en nuestro entorno y más aún en las redes sociales, aquella que se complace en hundir a los demás, sino de aquella que es capaz de ir a la raíz de la desgracia, de las injusticias, de la miseria de millones de personas y de las fatídicas catástrofes ecológicas. Estos descalabros que amenazan con destruir los ecosistemas que en su día permitieron la aparición del ser humano. Nuestro objetivo es alcanzar la capacidad colectiva de detener este sujeto autómata –Marx– o megamáquina -Mumford- llamado capitalismo y del que todos formamos parte. Y si no contrarrestamos esta dinámica forzada de crecimiento infinito que nos impone el capitalismo, el del crecer o morir, podemos hacernos dos preguntas que están lejos de ser inapropiadas. En primer lugar, ¿qué tierra dejaremos a nuestros hijos, nietos y, si es posible, bisnietos? La segunda pregunta es la siguiente: ¿qué hijos, nietos o bisnietos dejaremos a la Tierra? Es cierto que debemos detener esta megamáquina, pero nunca podremos hacerlo sin ser capaces de enfrentarnos a esta lógica y crear una sociedad sana, intentando vivir en armonía entre nosotros y con la naturaleza, lo que al fin y al cabo es lo mismo. De no conseguirlo corremos el riesgo, como seres geniales que somos, de perder nuestra propia legitimidad moral frente a la vida. Para conseguir este reto inmenso sería pueril pensar que lo podemos conseguir sin conocer al enemigo y sin aprender de nuestros antepasados.
1. Nuestra primera tarea: definir y situar al capitalismo
a) ¿Qué anticapitalismo?
La producción de literatura sobre el capitalismo es de tal magnitud que es prácticamente imposible poder abarcarla en su totalidad. Además, si echamos un vistazo al amplio espectro anticapitalista, las corrientes son de lo más variadas y la gran mayoría de ellas solo buscan reformar el capitalismo, canalizarlo, dirigirlo, cambiar su rumbo, moralizarlo, ponerle un bozal donde sus fauces son más visibles, como en su aspecto financiero. Además, las medidas que preconizan para ponerle fin solo atacan los síntomas y no la raíz, sea cual sea el nombre de origen de estas escuelas anticapitalistas, ya sean marxistas, budistas, islamistas o keynesianas. Después de todo, todas pretenden utilizar el Estado como una herramienta, supuestamente neutral, para el cambio, incluso si piden la movilización del pueblo.
Por nuestra parte, para comprender la desmesurada potencia de los imperativos capitalistas y cómo ponerles fin, remontaremos a sus raíces sistémicas, las que han impuesto una dinámica estructural implacable de acumulación forzada, de maximización de beneficios y aumento de la productividad del trabajo. Si profundizamos en la literatura reivindicando el pensamiento más inspirado de Marx, observamos importantes divergencias entre los distintos autores en cuanto a los orígenes del capitalismo. Sin olvidar que el propio Marx tenía una doble mirada ambigua, de modo que los teóricos de la crítica del valor1 de un Marx exotérico y un Marx esotérico2 siendo este último el más radical.
Sin embargo, sin ser expertos en la materia, debemos entender cuál es la versión más acertada, ya que nuestra forma de concebir la historia del capitalismo determinará nuestro análisis y, por consiguiente, la elaboración de nuestras estrategias para vencerlo. Teniendo en cuenta que al estudiar el pasado, muy a menudo lo deformamos a través de nuestras lentes economicistas del presente. La mejor prevención sigue siendo la duda, pero también necesitaremos un conocimiento más amplio de nuestras formas de ser, sentir, pensar y actuar en las distintas sociedades que nos han precedido a lo largo de la historia; y ahí es donde los conocimientos antropológicos y étnicos adquieren una importancia vital.
b) Etapas preliminares
Cada etapa histórica se basa en la anterior, porque es en ese momento cuando se crean las condiciones favorables para la siguiente. Para comprender cómo el capitalismo se ha impuesto como un sistema de dominación y sumisión generalizada, lo entenderemos mejor siguiendo su compleja dialéctica evolutiva. Así, podríamos remontarnos aproximadamente, por falta de tiempo y espacio, al final del Paleolítico superior para vislumbrar los gérmenes de la dominación venidera en estas sociedades igualitarias en derechos y obligaciones3 . En un entorno que se había vuelto hostil debido al cambio climático, la aparición de la agricultura, las migraciones, las diferencias y las luchas entre tribus nos llevaron a la constitución de las primeras sociedades con jerarquías de dominación y al surgimiento de los primeros imperios4 – Mumford los llamó «megamáquinas». La creación del préstamo y el crédito – véase Graeber – también desempeñó un papel importante, así como, a largo plazo, la imposición de la moneda -creada inicialmente en la Edad Axial para pagar a los ejércitos- y el desarrollo paralelo y contiguo del comercio hasta la Edad Media. En una sociedad fuertemente estructurada por el feudalismo, la Iglesia y las corporaciones de artesanos, el mercado se desarrolla lentamente en sus intersticios hasta alcanzar dimensiones considerables en Europa. A pesar de su innegable desarrollo, este enorme mercado internacional aún no puede calificarse de capitalista.
c) El auge de la sociedad mercantil
Sería ingenuo pensar que las prácticas determinadas por la estructura del comercio y el mercado previo al capitalismo eran inocentes, podríamos afirmar más bien todo lo contrario. El beneficio y el lucro siempre han sido fundamento y motor de estas prácticas comerciales destinadas a los más afortunados, los cuales recurrían a la explotación, al saqueo y a la guerra para asegurarse el predominio de dichos mercados. Fueron las guerras de los siglos XIII y XIV del Medievo las que contribuyeron al desarrollo de las condiciones previas y fundamentales para la constitución de las categorías estructurales del capitalismo: el dinero, el trabajo asalariado y el Estado moderno. El epicentro de estas guerras se situó principalmente en Europa occidental con las guerras intestinas entre los pequeños reyes de Francia -los Capetos contra los Plantagenet- en las que se vieron implicados los ingleses -la Guerra de los Cien Años-. Tras su victoria, los Capetos, al ampliar sus territorios y concentrar su zona de poder, establecieron un Estado-Nación monárquico, como esbozo del Estado-Nación moderno.
Esta nueva configuración tuvo como consecuencia la ruptura del vínculo feudal establecido entre los campesinos y los señores feudales, ruptura estructural que se vio reforzada por la llamada revolución militar5. Es decir, una verdadera transformación del fenómeno militar mediante la introducción de las armas de fuego, pero también mediante la creación de ejércitos de soldados profesionales que recibían de aquí en adelante un salario a cambio de la guerra. Si Alejandro Magno fue quien empezó a popularizar el uso de la moneda para pagar a sus ejércitos, este conflicto medieval fue el segundo impulso, el que lo catapultó. Liberados de la servidumbre, estos campesinos convertidos en mercenarios se convirtieron en los primeros asalariados, incluso antes de la institución del capitalismo. Es decir, a partir de ese momento, su vida se estructuró en torno al trabajo asalariado y al dinero: para satisfacer sus necesidades básicas, tuvieron que vender su fuerza de trabajo. También es a causa de esta revolución militar que la forma de extracción por parte del Estado sobre la sociedad en forma monetaria aumentaría fuertemente, lo que llevaría a las personas a pasar de actividades de autosubsistencia a un trabajo tal como lo entendemos hoy, es decir, para ganar dinero. Así es como el trabajo comenzó a surgir y generalizarse en su doble naturaleza, concreta y mediadora6 socialmente. Si bien es prematuro hablar de capitalismo en esta época, podemos afirmar que se trató de una etapa sociopolítica que nos acerca a un concepto que aún no existía en ese entonces, la economía.
A diferencia de lo que ocurrió en Asia, donde los reyes y los generales despreciaban el comercio, en Europa los militares y los poderosos abrazaron rápidamente la causa mercantil hasta que fueron reemplazados por los propios comerciantes y luego por las propias estructuras capitalistas. Pero antes, los señores y reyes de la Baja Edad Media facilitaron la financiación de los descubrimientos, con los Reyes Católicos dando el pistoletazo de salida con su apoyo financiero a Cristóbal Colón. Los descubrimientos dieron lugar a colonias, y estas generaron beneficios, que a su vez consolidaron la confianza en la economía, lo que se tradujo en más créditos. La reconquista de España y la conquista de América solo diferían en el lugar donde tuvieron lugar. Los mismos mercenarios que perseguían a los infieles en la España católica siguieron persiguiendo a los infieles una vez que se convirtieron en conquistadores. Exaltados por las riquezas y atenazados por los créditos7, se apoderaron de las Américas en un tiempo relámpago. Así, con el robo de oro y plata, se inyectaron más divisas en el comercio internacional en Europa, lo cual tendría repercusiones hasta en Asia. A partir de este preciso momento de la historia, la dinámica financiera de los comerciantes emprendedores no ha dejado de ganar impulso en Europa. Pero la primera víctima fue el continente americano, con un genocidio sin precedentes en la historia de la humanidad hasta ese fatídico octubre de 1492. El objetivo era utilizar a los indígenas como esclavos, seres humanos sin alma, para extraer gratuitamente las riquezas del subsuelo, el oro y la plata, y para trabajar en las plantaciones de algodón, azúcar y tabaco, cuyos productos se venderían luego en toda Europa. De paso, crearon nuevos hábitos y dependencia de estos dos últimos productos. Un siglo después del desembarco, la población de América se había reducido en un 90 %.
Los indígenas, casi exterminados, fueron reemplazados por africanos. Así, entre los siglos XVI y XIX, y sobre todo bajo la presión posterior del capitalismo inglés y estadounidense, despojaron a África de diez millones de habitantes para convertirlos en esclavos. Y todo ello estaría financiado por el mercado, en virtud de la ley de la oferta y la demanda. Así es como las compañías negreras vendieron acciones en las bolsas de Ámsterdam, Londres y París hasta finales del siglo XIX. Una inversión muy rentable que podía alcanzar hasta un 6 % anual.
A menudo estas empresas funcionaban a nivel internacional sin intervención del Estado. Conviene recordar al respecto que Holanda – Provincias Unidas de los Países Bajos –, sin ser un Estado plenamente constituido y desde unas marismas batidas por el viento conseguiría librarse de los invasores españoles a partir de 1568 y en solo 80 años. Se convirtieron así en el paraíso financiero de los comerciantes del continente. A diferencia de los reyes de España, católicos absolutistas, caprichosos y poco serios, las recién creadas compañías mercantiles, mucho más ricas e influyentes, se ganaron la confianza de los inversores gracias a sofisticados mecanismos financieros y respondiendo a los préstamos con más garantías que los particulares. . Gracias a estas compañías, las Provincias Unidas se liberaron de la tutela española contratando mercenarios y comprando una poderosa flota. Así, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC) logró en 1602 conquistar por sí sola, sin ayuda alguna, Indonesia, el archipiélago más grande del mundo, y no fue hasta 1800 que el Estado neerlandés logró tomar el control de la colonia, que duraría un siglo y medio. Así, los Países Bajos lograron crear una sociedad mercantil que superaba a la de Florencia y desarrollaron la sociedad mercantil más presente en el mundo. Pero estos éxitos comerciales a menudo se apoyaban en medios no económicos, como escaramuzas y guerras. A pesar de todo, el mercado capitalista aún no se había alcanzado, porque todavía no estaba sujeto al imperativo típicamente capitalista de maximizar los beneficios mediante el desarrollo de las fuerzas productivas. La principal preocupación de estos comerciantes, incluso cuando invertían en la agricultura o la industria, era la circulación de productos a largas distancias, desde mercados muy diversos y dispersos, y su almacenamiento, por el que también percibían comisiones. Se trataba de productos de lujo, destinados principalmente a las élites, aunque también había grano procedente del Báltico para sus ciudades, las más pobladas de Europa. No estaban interesados en la producción y no pensaban en reducir los costes de producción para aumentar los beneficios. De ahí la necesidad crucial y la obsesión desmesurada de dominar el comercio internacional, el transporte y el intercambio de bienes procedentes del extranjero. La crisis del siglo XVII en Europa se hizo sentir y marcó el inicio de su declive. Pero el capitalismo ya había nacido en otro lugar de esa misma Europa, fraguándose camino y esperando su hora para tomar el relevo, y esta vez sí, con una lógica y un ímpetu implacables, jamás vistos en la historia.
d) Las «leyes naturales» del capitalismo
Es en esta etapa histórica cuando surgen las divergencias y estallan las polémicas, incluso entre los propios marxistas; por eso es importante profundizar en la cuestión. ¿Es cierto, como sostienen muchos marxistas y, en cierto modo, el propio Marx —el exotérico—, que el origen del capitalismo coincide con el auge del mercado? En otras palabras: ¿es el capitalismo simplemente un mercado liberado de toda restricción moral y de todo obstáculo estructural de tipo feudal? ¿O consideramos el mercado capitalista como una ruptura antropológica? Como suele ocurrir, las preguntas, lejos de ser anodinas, van al corazón del tema y nos permiten acercarnos un poco más a la compleja realidad.
Así, si consideramos la explicación más común del mercado, según la cual se trata de una evolución lógica de la propia economía, heredada directamente de la Edad Media, esto nos lleva a suponer que el capitalismo se deriva naturalmente de usos y costumbres casi tan antiguos como la propia humanidad. Visto desde este punto de vista, el capitalismo se asimilaría casi a las leyes naturales. En este caso, deformaríamos sus características propias y exclusivas, pero también olvidaríamos sus largos y dolorosos procesos de desarrollo, limitando así nuestra comprensión del pasado; y lo que es peor, reduciría nuestras esperanzas para el futuro. Porque si el capitalismo fuera realmente la culminación natural de la evolución de la historia, nos resultaría difícil pensar en destruirlo o imaginar otras estructuras sociales y políticas.
La cuestión del origen del capitalismo puede parecer superflua, pero en realidad cuestiona con más perspicacia de lo que parece esa creencia tan fuertemente arraigada en nuestras conciencias y a la vez tan peligrosa. En realidad estamos sometidos sin que nos demos cuenta a esa ideología neoliberal que presume de su misión de progreso, de sus idílicas filiaciones con la democracia y últimamente, del oxímoron desarrollo sostenible.
e) Europa: la cuna del capitalismo
Hay una pregunta que todavía hoy atormenta a muchos pensadores y a la que la mayoría de ellos no han sabido dar una respuesta coherente, a saber: ¿por qué el capitalismo nació en Europa cuando se sabe que incluso en el siglo XVIII, concretamente en 1775, Asia era la locomotora de la economía mundial, con el 80 % de los flujos comerciales ?8
A pesar de ello, ¿podemos calificar de capitalistas a estas sociedades mercantiles asiáticas? ¿Se trataba de un mercado capitalista al igual que las sociedades de mercado europeas más desarrolladas, ya fueran Florencia o las Provincias Unidas? Si fuera así, el mercado capitalista como estructura social determinada perdería por completo su carácter específico. Muchos siguen considerando los trastornos que se produjeron durante la transición de las sociedades precapitalistas al capitalismo como un daño colateral necesario, como un mal menor para alcanzar la plenitud de una economía de mercado, como lo sería más tarde el paso a la industrialización. Esta visión de una transición como proceso natural solo tiene en cuenta el aspecto cuantitativo, argumentando que el mercado, con sus prácticas comerciales cada vez más diversificadas y sofisticadas, en un entorno cada vez más urbano y con una mayor división del trabajo, así como con la ayuda de la tecnología, se habría desarrollado considerablemente. Luego, cuando se alcanzó una masa crítica suficiente (la famosa acumulación primitiva o previa), las inversiones se facilitaron y el comercio prosperó en una sociedad comercial perfectamente sana. Una versión que Adam Smith, el gran teórico del liberalismo, sin duda habría apoyado. Él, como partidario de esta evolución, la justificó teóricamente, al igual que otros teóricos del capitalismo, alegando que se trataba de una lógica consustancial a la naturaleza de los seres humanos a lo largo de la historia y desde tiempos inmemoriales, como individuos racionales, siempre dispuestos a maximizar los beneficios a la menor oportunidad.
Sin apoyar los argumentos de Smith, la gran mayoría de los marxistas críticos siguen afirmando que el modelo de comercialización que se estaba gestando en aquella época se desarrolló naturalmente de forma cuantitativa, aunque este argumento carece de fundamentos históricos, geográficos y antropológicos convincentes. Porque si fuera así, la descomposición del feudalismo habría conducido a fenómenos idénticos en toda Europa. Sin embargo, si esta descomposición condujo directamente a la sociedad capitalista en Inglaterra, más precisamente en su campo, a finales del siglo XVI, cabe destacar que se trató de un caso único y específico. No ocurrió lo mismo en Francia, por ejemplo, donde el colapso feudal dio paso al absolutismo de la burguesía y a un mercado burgués ciertamente más desarrollado, pero no a la imposición de un sistema de mercado autorregulado.
Resulta que al insistir en el aspecto cuantitativo en lugar del cualitativo, se minimiza el cambio histórico brutal y estructural que representa el paso del mercado burgués posfeudal al mercado capitalista. Historiadores tan importantes como Max Weber o Fernand Braudel han sido a menudo prisioneros de estas lógicas, aunque con notables diferencias. Uno de los pocos que se ha destacado ha sido el historiador y antropólogo Karl Polanyi. Este último rechazó categóricamente todas las tesis economistas que postulan que la economía es la base de las sociedades. Para él, las sociedades primitivas no tenían una economía autónoma y separada de otras actividades. Esta dimensión estaba incorporada, integrada en otras actividades sociales como las culturales, religiosas, familiares, comunitarias y también políticas, que se basaban en la obligación, la reciprocidad y la redistribución, y no en la simple motivación de obtener beneficios o ganancias materiales. La ambición y el objetivo de cada uno se situaban más bien en el deseo de alcanzar el prestigio y manifestar la solidaridad hacia el grupo. Posteriormente, cuando aparecieron los mercados en el mundo precapitalista, siguieron siendo fundamentales, ya que estas sociedades seguían basándose en gran medida en la autosuficiencia9. Aunque no fue el único en poner el énfasis en estas particularidades antropológicas en su época, la tesis de Polanyi se distingue por establecer una clara ruptura entre las sociedades mercantiles, aunque tengan mercados, y la sociedad de mercado, es decir, entregada por completo al mercado. Para él, la implantación de un sistema de mercado autorregulado era tan desconcertante —no solo en lo que respecta a las relaciones sociales, sino también a la psique humana— que, sin los mecanismos de autodefensa y la intervención del Estado, la sociedad se habría desintegrado.
f) Los señores y los arrendatarios inician el capitalismo
El capitalismo agrario apareció primero y su origen, según el propio Marx, se sitúa exclusivamente en la campiña inglesa, debido a circunstancias muy específicas, más que en el resto de Europa. Al referirse a la acumulación primitiva de la que hablan los economistas clásicos, la califica de supuesta, insinuando que la mera acumulación de bienes materiales, ya sea fruto del saqueo, del imperialismo o incluso de la explotación del trabajo, no pudo por sí sola engendrar el capitalismo sin que entraran en juego otros factores. Y aunque la acumulación de bienes es una condición necesaria para el inicio del capitalismo, no constituye un elemento suficiente y decisivo. Lo que transforma la riqueza en capital es la modificación de las relaciones sociales de propiedad que implica la puesta en marcha de mecanismos característicos del capitalismo, a saber, los imperativos de la competencia, la maximización de los beneficios, así como la obligación de reinvertir los excedentes y la necesidad sistemática e inexorable de mejorar la productividad del trabajo y aumentar las fuerzas productivas.
Siguiendo las directrices de Marx, el historiador marxista Brenner, citado en Los orígenes del capitalismo10, obra que inspira en gran medida este escrito, es quien nos acerca más y mejor a la historia de la construcción de esa estructura originaria del capitalismo. En la economía precapitalista europea, un solo país deroga las reglas observadas por los demás. Se trata de Inglaterra desde finales del siglo XVI. Y es que hay varios aspectos que la diferencian ampliamente de los demás países. En primer lugar, aunque todos los Estados de Europa son monárquicos, algunos quizás más poderosos que otros, como Francia o España, ninguno alcanza la unificación y el centralismo de Inglaterra; hasta tal punto que en este país prácticamente no quedaban rastros de las soberanías parcelarias —bienes comunes que pertenecían literalmente a las comunidades— heredadas del sistema feudal, ni de los poderes señoriales autónomos, los cuerpos municipales y otras entidades corporativas que aún subsistían en el resto de Europa. La aristocracia desempeñaba un papel preponderante en esta centralización y, aunque ya no tenía poderes autónomos ajenos a la economía, el Estado protegía a las clases dirigentes garantizando el orden y apoyando la propiedad privada. También les concedió un mayor control sobre la tierra, de modo que durante mucho tiempo, más que en ningún otro país, los señores acabaron poseyendo grandes extensiones. Así, lo que perdieron en términos de poderes extraeconómicos, es decir, los derivados de la extracción de excedentes, lo recuperaron obteniendo más poderes, pero esta vez de tipo puramente económico. Estas tierras ricas y muy productivas no eran cultivadas directamente por los campesinos, sino gestionadas por arrendatarios a cambio de un alquiler. Por otro lado, como los señores ingleses ya no podían enriquecerse por medios coercitivos directos, exigían a sus arrendatarios rendimientos más altos que sus competidores; así, la presión que ejercían sobre ellos para que redujeran los costes y aumentaran la productividad del trabajo era constante11.
Del mismo modo, estos arrendatarios debían someterse a las exigencias del mercado que les obligaban a bajar los precios de venta. No solo los precios de venta les dictaban la competencia del mercado sino que las rentas consuetudinarias también fueron poco a poco sometidas al mercado, pasando de una cantidad fija a una cantidad fluctuante en función de la ley de la oferta y la demanda. Así, el propietario alquilaba sus tierras a aquellos que aceptaban un alquiler más alto, creando una rivalidad exacerbada entre los arrendatarios para conseguir tierras. En este entorno competitivo despiadado, los arrendatarios más productivos se enriquecían, y los que no lo conseguían se empobrecían y tenían que ceder sus tierras a los ganadores, que las acumulaban. Los vencidos, por su parte, engrosaban las filas de los campesinos sin tierra y, debido a su elevado número, hacían bajar el coste del trabajo asalariado y, por consiguiente, los costes de producción. Así se elaboró la famosa tríada: terrateniente, capitalista arrendatario y trabajador asalariado-obrero agrícola. Además de un profundo cambio de mentalidad, todo el contexto favoreció el aumento obligatorio de la productividad de los bienes de primera necesidad y el desarrollo de la disociación de la economía del resto de la vida cotidiana. No fueron las posibilidades que ofrecía el mercado las que incitaron a los pequeños productores a acumular, sino más bien la dura realidad de los imperativos del mercado a los que estaban sometidos. Un ejemplo más de la relación entre beneficio y productividad en el capitalismo agrario. En ese lugar y en ese momento, en circunstancias particulares, los señores y los arrendatarios habían, sin saberlo, puesto en marcha el capitalismo, y antes de que Locke viniera a justificarlo. Pero eso no bastaba y las fuerzas del mercado también recibieron el apoyo de fuerzas coercitivas directas, tanto para abolir los derechos de los campesinos como para deshacerse de los más obstinados. Este fue el elemento central de la acumulación primitiva12.
g) La consolidación del patriarcado
Entre los siglos XVI y XVIII, las luchas y disputas en torno a los derechos comunales y consuetudinarios eran incesantes. Para el capitalismo agrario, el considerable aumento de la productividad en beneficio de todos era un argumento suficiente para poner fin a los demás derechos tradicionales de los campesinos. La indignación que supuso la aprobación de los cercados por parte del Parlamento no fue solo jurídica. Este cercado impuesto para expropiar a los campesinos de las tierras comunales respondía a una voluntad deliberada de destruir las comunidades humanas de campesinos y campesinas que vivían en los bosques o en las tierras adyacentes a las grandes propiedades, ya que por su mera presencia no entraban en la lógica capitalista y obstaculizaban su expansión. En consecuencia, se quemaron pueblos enteros. Las mujeres, pilares de estas comunidades campesinas, fueron las más castigadas y, con el pretexto de la brujería, 100 000 fueron asesinadas y torturadas aún más13. Esta ruptura brutal y sangrienta, a menudo olvidada por los intelectuales masculinos, no es ajena al amanecer del capitalismo, sino que forma parte integral de él, ya que obedece a su imperativo de racionalización dictado por las fuerzas del mercado.
La caza de brujas tenía un doble objetivo en lo que respecta al género femenino: poner fin a su papel preponderante en las comunidades campesinas, pero también a una sexualidad placentera, muy común en la Edad Media pero incompatible con la creación del del ser trabajador14. Por lo tanto, se trataba de sustituirla por una sexualidad centrada en la reproducción de una mano de obra abundante. Esta sería su tarea, lejos de la tierra, las plantas y los animales, las tierras comunales y las demás mujeres, con las que ya no compartiría las tareas cotidianas. El segundo objetivo era, por tanto, contribuir al trabajo, es decir, a la creación del hombre viril, trabajador, sumiso15 y eficaz – con buen rendimiento – ; la personificación del trabajo en sí mismo. Así, los sexos se polarizaron de manera bien diferenciada y jerárquica, con una heterosexualidad marcada como norma social16. Se trata de una personificación jerárquica, en el sentido de que la creación del trabajo, y por tanto la del hombre, prima sobre todo lo demás. El advenimiento del capitalismo supone, por tanto, un giro adicional y una racionalización del patriarcado, tradicionalmente apoyado, justificado y alentado por la religión.
h) El capital y el Estado
En Inglaterra, muchos productores y señores se volvieron gradualmente más dependientes del mercado y su único objetivo era mantener las condiciones que garantizaran su reproducción social. Pero cuanto más empleados contrataban los arrendatarios, más intenso y apremiante era el impulso de aumentar la productividad del trabajo. Así es como la agricultura alcanzó una productividad tan alta, con las consecuencias que conocemos.
El país contaba con una impresionante red fluvial y de carreteras que convergían en la ciudad más importante, Londres, en pleno auge. Pasó de 60 000 habitantes en 1530 a 570 000 en 1700, lo que la convertía en la ciudad más importante no solo de Inglaterra, sino también de Europa. Su población, en su gran mayoría campesinos expropiados, no solo constituía una considerable reserva de mano de obra asalariada que podía explotarse en las fábricas, sino que también representaba un enorme mercado interior sin precedentes en la historia. Era el verdadero sustrato del capitalismo industrial inglés. Así, a medida que el capital se expandía, el Estado inglés se unificaba y centralizaba cada vez más, y los diferentes mercados se fusionaban en un único mercado nacional. Londres se convertiría así en el principal lugar de tránsito, entre otros, de los productos agrícolas ingleses, destinados principalmente al consumo interno. Así, el crecimiento de esta ciudad favoreció el surgimiento del capitalismo inglés al desarrollar un mercado competitivo cada vez más unificado e integrado, y al estimular la productividad agrícola, dada la necesidad de alimentar a esta población urbana expropiada de las zonas rurales, obligada a comprar alimentos básicos para sobrevivir. A este consumo básico en expansión se sumarían otros bienes de primera necesidad, como artículos de uso cotidiano, entre otros.
Por primera vez en la historia, se creó un mercado de masas a bajo precio, basado en la pobreza de los consumidores, de la misma manera que el mercado de productos de lujo había enriquecido a los proveedores y vendedores, cuyos principales clientes eran las clases privilegiadas. La paradoja reside en la retroalimentación del mercado, pues fue «el primer sistema económico de la historia en el que las restricciones del mercado tuvieron por efecto el incremento obligatorio de las fuerzas de producción, en lugar de frenarlas u obstaculizarlas«17. La falta de recursos de los consumidores obligó a los productores a producir a bajo precio para compensar la falta de ingresos con un aumento de la producción. Un nuevo impulso ejercido por los imperativos de competitividad existentes, que condujo a la necesidad de apostar por técnicas de producción para aumentar la productividad del trabajo. Así nació una estructura única y sin precedentes en la historia, la de una sociedad cuya economía se alejaba cada vez más de otros ámbitos de la vida y en la que los productores y los empresarios, totalmente dependientes, de una forma u otra, del mercado, tenían la imperiosa y sistemática necesidad de desarrollar las fuerzas productivas, maximizar los beneficios y competir con los demás. Había nacido el famoso mercado autorregulado.
i) La domesticación del proletariado: «Próximamente»
1Ver http://www.rebelion.org/ o los artículos en castellano de www.palim-psao.fr
2Ver http://www.rebelion.org/noticia.php?id=153760 o los artículos en castellano de www.palim-psao.fr
4Tal vez Bookchin, en sus inicios, sobrevaloró a las sociedades prealfabetizadas; no obstante, su hipótesis sobre la relación entre cambio climático, agricultura y paso a sociedades con jerarquías de poder sigue teniendo muy válida. – Rehacer la sociedad – Ed. LOM –
5Geoffrey Parker en : La revolución militar Editorial Alianza 2002.
6Clément Homs : La politique ne s´oppose pas à l´économie Presse des Décroisseurs berrichon www.Palim-psao .fr
7David Graeber: Deuda: una historia alternativa de la economía, Editorial Ariel, 2012.
8Yuval Noah Harari, De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad, Ed. Debate. Madrid, 2014
9«Cuando el mercado alcanzó prominencia, digamos, en tiempos medievales, era cuidadosamente regulado por guildas y preceptos cristianos contra el interés y el lucro excesivo.» Murray Bookchin – Rehacer la sociedad – Editorial LOM, p. 95.
10Ellen Meiksins Wood, The Origin of Capitalism, ed. Verso, 2002
11Allá por el siglo XVII, la palabra improver significaba aquel que mejoraba las tierras, las hacía más productivas, ya sea física o mecánicamente con maquinaria moderna, pero también vallándolas, buscando tierras abandonadas, eliminando usos y costumbres antiguos. Por extensión, durante el siglo de oro del capitalismo agrario, la palabra improvement, que en un principio significaba simplemente mejora, tomó un cariz más explícito, que hoy día tiene pleno vigor: obtener un beneficio económico.
12«…la acumulación primitiva consistió en una inmensa acumulación de fuerza de trabajo —“trabajo muerto” en la forma de bienes robados y “trabajo vivo” en la forma de seres humanos puestos a disposición para su explotación— llevada a cabo en una escala nunca igualada en la historia. Silvia Federici – Calibán y la bruja – Traficantes de Sueños, 2010, p. 92.
13«Del mismo modo que los cercamientos expropiaron las tierras comunales al campesinado, la caza de brujas expropió los cuerpos de las mujeres, los cuales fueron así “liberados” de cualquier obstáculo que les impidiera funcionar como máquinas para producir mano de obra.« Federici, op. cit., p. 252. «El capitalismo fue construido sobre una sangrienta y brutal misoginia.« John Holloway – Agrietar el capitalismo – Herramienta Ediciones, 2011, p. 132.
14«La caza de brujas […] el primer paso de una larga marcha hacia el “sexo limpio entre sábanas limpias”, y la transformación de la actividad sexual femenina en un trabajo al servicio de los hombres y la procreación«. Federici, op.cit., p. 264.
15«Como dice Amparo Moreno, cada vez que parimos, afirmamos la vida que no debe ser, bloqueamos la capacidad erótico-vital de la criatura, para a continuación adiestrarla de acuerdo con el orden establecido«. Casilda Rodrigañez , El parto es una cuestión de poder, Ekintza Zuzena n .º 29 . Haciéndose eco de otro artículo en el mismo número: «Se trata de cambiar a la madre verdadera por la madre patriarcal que no reconoce los deseos de las criaturas, que es insensible a su sufrimiento y que es capaz de reprimirla . Este es el principio de autoridad en nuestras vidas . El desarraigo con las sociedades comunitarias y las condiciones de precariedad y hacinamiento en la Inglaterra de esa época eran totalmente favorables a este tipo de maternidad patriarcal«.
16«Hombre y mujer (y por supuesto homosexual y heterosexual) son identificaciones, aspectos de la sociedad de la identificación. Forman parte de la mutilación implicada por la formación del trabajador, ese que cumple con un trabajo abstracto. Es una clasificación que tenemos que combatir. El trabajo es una abstracción, una separación del mundo del quehacer y de la actividad vital . Esta fragmentación de nuestra actividad vital es una fragmentación de nuestras vidas en todos sus aspectos« . John Holloway, op. cit.
17Meikins Wood, op.cit., p. 222 (trad.a)
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