Capitalismo y Estado: ¡Conocer para subvertir!

– Fundamentos de una estrategia comunalista.

Antes de pensar en una estrategia, es necesario saber contra qué luchamos. Esta primera parte ofrece una lectura crítica de las estructuras que nos dominan —el capitalismo y el Estado— para comprender mejor su lógica, sus mutaciones y sus impasses. Porque solo a partir de un diagnóstico lúcido puede surgir una estrategia emancipadora.

En una segunda fase, una continuación de este texto, titulada «Organizarse para liberarse: instituir el comunalismo en la vida cotidiana», propondrá vías concretas de acción: cómo pasar de la crítica a la organización, del rechazo a la construcción de un contrapoder arraigado en nuestros territorios y en nuestra vida cotidiana.

«Puede sonar extraño, pero cualquiera que conozca la guerra desde este punto de vista sabe muy bien que una decisión estratégica importante requiere mucha más fuerza de voluntad que una decisión táctica en la que uno se deja llevar por el momento.» Clausewitz – Sobre la guerra –

Comprender las estrategias del sujeto autómata

El capitalismo es un proceso innovador que constituye una dinámica inmanente fundamentalmente direccional del modo de producción, expresada en una compulsión por la productividad. Su fuerza reside en sus continuas convulsiones -una especie de revolución permanente-, pero también en su capacidad de neutralización sistémica, cuando no de integración, de las resistencias que encuentra. Básicamente, sólo existe como un proceso de reestructuración permanente que lo ha transformado sucesivamente del capitalismo de mercado al capitalismo industrial, luego al capitalismo financiero y ahora al capitalismo cognitivo. Este último nos lleva a una antropomorfización creciente de la tecnología, hasta el desprecio, incluso el odio, de lo vivo. Y es que el tecnoliberalismo, a través de los objetos conectados y la mal llamada inteligencia artificial, pretende sacar provecho de cada uno de nuestros movimientos, inaugurando la era de la industria de la vida. Hasta la fecha, con la integración digital de toda la sociedad y la naturaleza bajo la bandera de la racionalización, las empresas nunca han sido tan masivas y poderosas en manos de un número muy reducido. A primera vista, pues, la modernización actual del capitalismo parece un proceso social exitoso, coherente, conquistador e ineluctable. Tanto más cuanto que los progresos de la inteligencia artificial conducen a la creación de máquinas capaces de ganarle la partida a un campeón de go, es decir, de tomar decisiones adaptadas a una situación dada clasificando miles de millones de datos (data mining). No cabe duda de que los estrategas del capital les dan un uso óptimo. El nacimiento del capital -lo que Marx denomina acumulación primitiva- no es un momento dado de una vez por todas, sino un proceso destinado a prolongarse en el tiempo. Para garantizarlo, los funcionarios de la valorización, los oficiales y suboficiales del Capital – Marx – desarrollaron inmediatamente instituciones y estrategias – a veces contradictorias y competidoras – en un contexto de guerra de clases, destinadas a conseguir la aceptación de esta ruptura antropológica y a instaurar este nuevo orden social, empezando por el terror. A la colonización progresiva del mundo le corresponde la colonización de las mentes, los imaginarios y los cuerpos.

En los países occidentales, por ejemplo, los impetuosos movimientos feministas y ecologistas de los años 60 y 70, que llegaron a cuestionar seriamente las categorías esenciales del capitalismo, sufrieron el mismo declive que el movimiento obrero, aunque a un ritmo acelerado. E incluso si ciertos movimientos sociales han sido capaces desde entonces de denunciar los efectos nefastos de la valorización del valor y de cuestionar su lógica, están lejos de haber podido marcar puntos de ruptura susceptibles de provocar desequilibrios sistémicos, como lo habían hecho anteriormente los distintos movimientos de lucha de clases. En la actualidad, el alcance de estas protestas se ve limitado por su fragmentación y escisión, y por su consiguiente dificultad para poner en práctica otras visiones políticas y sociales globales que desafíen las relaciones de poder reales. Pero, ¿cómo se produjo este cambio, tan desestabilizador para los movimientos que pretenden ser progresistas o incluso anticapitalistas? Desde entonces hemos asistido a la multiplicación, dispersión y aporías de las nuevas teorías críticas que desplazaron a la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt, y sobre todo a su proliferación tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Pero si suscribimos que, al hacer una economía de la crítica en lugar una crítica de la economía, cualquier proyecto emancipador recrea el capitalismo sin saberlo, eso no es suficiente, y necesitamos llevar nuestro análisis aún más lejos. Aunque debemos evitar caer en el conspiracionismo obtuso, ¿sería insensato ver en estas dinámicas de gran retroceso de las protestas el resultado de una ofensiva económica e ideológica contra todo lo que se interpone en el camino de la expansión capitalista? Es imposible comprender la estructura de un sistema político y social sin considerar cómo ha evolucionado a lo largo del tiempo.

Al rastrear la evolución de nuestras posiciones -aquella de los vencidos – en este campo de batalla, podemos rastrear esa de nuestro intelecto colectivo socavado por la ideología dominante. Para comprender estas estrategias, tenemos que vernos a nosotros mismos en la estela del declive gradual del movimiento obrero, derrotado en esta guerra de clases enraizada en la propia constitución del capitalismo. Pero mientras las máquinas son cada vez más inteligentes, nuestra inteligencia tiende a volverse mecánica. Así que, sin rechazarlo todo, apostar por nuestra Inteligencia Colectiva implica un enfoque completamente diferente de la acción, a sabiendas de que:

«Al igual que la ciencia, la tecnología en sí misma no existe; no tiene esencia, es un conjunto de materiales, relaciones sociales y poderes políticos y económicos situados históricamente. Criticar la tecnología de forma general no tiene mucho sentido; a través de la tecnología, lo que está en juego es siempre un determinado tipo de acuerdo socio-político.« François Jarrige

Entonces podremos considerar el desarrollo de una verdadera estrategia flexible y evolutiva destinada a invertir la relación de fuerzas que nos es tan desfavorable en este principio de siglo, para volver a ponernos en el camino de la emancipación, ese camino que se hace al andar, es decir, pasando a la acción apoyados en el pensamiento.

La ofensiva urdida desde EE.UU.

Los resultados de la ofensiva económica fordista y sus políticas liberales, que, con la ayuda de Roosevelt y su New Deal (1933-1938), complacieron al sector más privilegiado de los asalariados y lo convirtieron en clase media, no pudieron ser más convincentes. A ello se sumó la complacencia, incluso la complicidad, de los socialdemócratas que desde principios del siglo XX habían estado en la izquierda pero resueltamente del lado político del capital. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, el 5 de junio de 1947, Estados Unidos lanzó el Plan Marshall, asignando una ayuda masiva a Europa para reconstruir sus devastadas ciudades e infraestructuras. Esta iba a ser la mayor ofensiva económica e ideológica hasta la fecha. La aparición de una palabra clave durante el tradicional discurso de Truman sobre el Estado de la Nación, el 20 de enero de 1949, provocó un auténtico tsunami que recorrió todo el planeta. Se anunciaron tres objetivos: reforzar la Organización de las Naciones Unidas (ONU), mantener el Plan Marshall y crear una alianza militar contra la Unión Soviética: la OTAN. Pero a estos tres puntos se le añadió en el último momento un cuarto, de rostro humanista: el Desarrollo.

«Debemos lanzar un nuevo y audaz programa para aplicar los beneficios de nuestro liderazgo científico y nuestro progreso industrial a la mejora y el crecimiento de las regiones subdesarrolladas. Más de la mitad de la población mundial vive en condiciones próximas a la pobreza. (…) El viejo imperialismo, la explotación para obtener beneficios extranjeros, no tiene nada que ver con nuestras intenciones. Lo que queremos es un programa de desarrollo basado en los conceptos de negociación justa y democrática.« Extracto del discurso de Truman

Esto puede parecer trivial, pero es importante recordar que: «Sólo el poder material puede deshacerse del poder material, pero incluso la teoría, tan pronto como se apodera de las masas, se convierte en poder material.» Karl Marx – Crítica del derecho político hegeliano 1843

A partir de 1949, dos mil millones de habitantes del planeta se convirtieron en subdesarrollados, obligados a ajustarse al modelo de vida occidental. Sus muy diferentes concepciones de la existencia, su lengua, su vida íntima y familiar, su trabajo de subsistencia, todo ello se convirtió en un obstáculo para el Progreso decidido por los demás. Pero el desarrollo económico significaba también acumulación capitalista y, por tanto, intensificación de las desigualdades entre zonas ricas y pobres. De una proporción de 1 a 5 hacia 1900 a 1 a 45 en 1980. Y mientras la riqueza de los cinco hombres más ricos del mundo era de 405.000 millones de dólares en 2020, en menos de 4 años había aumentado a 869.000 millones – Oxfam 15/01/2024 – .

El resultado de esta ofensiva fue la Edad de Oro de la Economía Política entre 1948 y 1973 para los países occidentales bajo los auspicios de la socialdemocracia: los Treinta Años Gloriosos en Francia, los Sixties en Inglaterra, milagros económicos en Alemania e Italia. Inesperadamente, sin embargo, la oposición a la guerra de Vietnam en Estados Unidos a principios de los sesenta desencadenó toda una oleada de movimientos de revuelta: defensa de los derechos civiles, resurgimiento de las luchas obreras, ecologismo y feminismo, anti-racismo y okupas. Todo ello alimentado por una contracultura que desafiaba un modo de vida basado en el consumismo, la competencia y las jerarquías de dominación. En este contexto se produjo un reajuste de la economía política, con el abandono de la convertibilidad del dólar en oro en 1971 y el fin del sistema monetario de Bretton Woods. Además de la caída del dólar y la introducción de tipos de cambio flotantes, el inicio del movimiento de desregulación financiera vinculado al proceso de globalización se vio agravado por el embargo de Arabia Saudí a las exportaciones de petróleo a Estados Unidos y luego a otros países occidentales en 1973. El resultado fue el fin de los Treinta Años Gloriosos y una explosión del desempleo. Moralmente, fue el final de una época de excepcional confianza en el futuro y el comienzo de un clima de pesimismo del que aún no hemos salido: a los treinta años gloriosos siguieron los cuarenta angustiosos .

De este modo, las ambiciones democráticas de la sociedad civil se vieron progresivamente cercenadas para garantizar los intereses económicos de las empresas. Contrariamente a la creencia popular, el auge del neoliberalismo no corresponde a una retirada del Estado de la esfera económica, sino más bien a la discreta aparición de un autoritarismo de Estado capaz de estimularla. Las mentes fecundas del Pentágono y de la Casa Blanca no sólo han legalizado la guerra preventiva con el pretexto de la lucha contra el terrorismo, sino que también han emprendido una especie de contrarrevolución preventiva, no una revolución en sentido contrario, sino lo contrario de una revolución. Además de la angustia provocada por la precariedad del empleo -sobre todo para las mujeres-, han introducido un management destinado a crear la ilusión de que la empresa es indistinguible del conjunto de sus asalariados sin excepción. El Estado asumiría la gestión de las protestas sociales resultantes del excedente de mano de obra y que actuaban como granos de arena en los engranajes de la megamáquina.

Movimientos de objetivo prioritario

Además de estas medidas sociales coercitivas para doblegarnos al diktat de la inclusión y la benevolencia en el lugar de trabajo, la élite pensante del liberalismo consiguió desactivar el núcleo duro de la protesta ya en los años setenta. Entre ellos, una ecología radical que rechazaba la dinámica forzada de crecer o morir, y un feminismo que cuestionaba los fundamentos mismos del capitalismo, a saber, su reproducción social invisible y todas las formas de dominación y explotación que lo estructuran. Como de costumbre, el objetivo de los estrategas de la Economía Política era reconocer y dar visibilidad a los problemas que señalaban, y luego contenerlos en el marco de las instituciones estatales para conseguir que los manifestantes aceptaran las soluciones dominantes, ya fueran técnicas o políticas. Además de esta amplia cobertura mediática, la contraofensiva se centrará en el núcleo duro de la producción teórica crítica, el del intelect colectivo procedente principalmente de las universidades, para sembrar las semillas del pensamiento que paralizan la acción.

Cara a cara, contra el ecologismo

El reconocimiento siempre llega en el curso de batallas que ya están muy avanzadas, y es en este contexto en el que se vinieron organizando conferencias mundiales desde principios de los años setenta, abordando al mismo tiempo cuestiones relacionadas con la ecología y el feminismo. El Informe Meadow (02-03-1972), encargado por una serie de responsables, entre ellos la Fundación Rockfeller, lanzó la primera ofensiva contra la ecología. Señalaba al crecimiento -la presión de la gran industria sobre la tierra y los océanos- como la causa esencial de la contaminación masiva y la aniquilación de la vida en el mundo. Pero, ¿cómo preconizar simultáneamente una reducción del crecimiento -crecimiento 0- a partir de 1975 en los países desarrollados y, al mismo tiempo, triplicar la producción industrial mundial de aquí a 1990 para reducir en una cuarta parte el consumo de recursos minerales? El estímulo dado a la producción de bienes más duraderos, al reciclaje y a la reducción de los residuos fue acompañado por el desarrollo acelerado de la economía inmaterial, incluida la comercialización de bienes y servicios que hasta entonces no se comercializaban, compensando así las pérdidas ocasionadas por el llamado declive de la actividad industrial. Nada sobre la crítica a la sociedad de consumo, que oculta estructuralmente toda reflexión sobre la producción de bienes y la realidad de las necesidades humanas. Nada sobre nuestro medio ambiente sintético – Bookchin – y casi nada sobre la revitalización del mundo rural. Nada, por tanto, sobre lo que ya estaba en el corazón del pensamiento ecológico más avanzado.

Como consecuencia, ya sea político -partidos verdes- o social -organizaciones ecologistas como Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, WWF, Greenpeace, etc.-, el movimiento ecologista, subvencionado por gobiernos u otros acreedores, dio la espalda a cuestionar el orden social responsable de las depredaciones que antes había denunciado. – el movimiento ecologista, subvencionado por los gobiernos y otros acreedores, dio la espalda al cuestionamiento del orden social responsable de las depredaciones que había denunciado anteriormente. Pero Bookchin nos lo había advertido:

«Esperamos que los grupos ecologistas rechacen cualquier llamamiento al «jefe del Estado» o a las instituciones burocráticas nacionales e internacionales, es decir, a los criminales que contribuyen materialmente a la actual crisis ecológica.« – Murray Bookchin – 1969

La obra elocuente que ilustra la recuperación del discurso y la sensibilidad ecologistas es el informe de la ONU de título insignificante Nuestro futuro común, que sin embargo sentó en 1987 las bases de la noción oximorónica de desarrollo -aún, pero esta vez- sostenible. Su autora, la ex Primera Ministra de Noruega Gro Harlem Brundtland, afirmaba sin ambages que no sólo el desarrollo y el medio ambiente eran compatibles, sino que el primero era la única forma de proteger el segundo. Mucho más ideológico que científico, se limitó a responder al informe Meadows, pero con un matiz importante: «la preocupación ecológica debe verse a través del prisma del desarrollo, la prosperidad y la industria, y no en su contra«. A partir de entonces, los sub-oficiales del capitalismo en la ONU se basaron en Brundtland y no en Meadows. Defendiendo el desarrollo sostenible en lugar del decrecimiento, pretendían cuadrar el círculo, adoptando el léxico orwelliano del oxímoron. Y la causa del problema se transformó en su solución.

La Cumbre de la Tierra de Río en 1992 acentuó la perversión de los conceptos, inaugurando las grandes misas mediáticas de las Cumbres de la Tierra y las COP, garantizando el triunfo definitivo del concepto de desarrollo sostenible en todo el mundo. El artículo 3 de la Declaración de Río, del que ni Harry Truman ni la Sra. Brundtland habrían renegado, afirma: «El derecho al desarrollo debe ejercerse de forma que satisfaga equitativamente las necesidades de desarrollo y medioambientales de las generaciones presentes y futuras«. El Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD), creado con motivo de la cumbre, reúne a unas 200 empresas, todas ellas filántropas, entre las que figuran China Petrochemical Corporation, Mitsubishi Chemical Holding Corporation, Solvay, AREVA, Dassault Systèmes S.A., L’Oréal, BASF, Bayer; Italcementi Group, Shell, Philips, Hoffmann-La Roche, Novartis, Syngenta, BP, Rio Tinto, Alcoa, Boeing, Chevron Corporation, Dow Chemical, Du Pont, por no hablar de The Coca-Cola Company. A partir de esa fecha, miles de ONG, instituciones públicas y privadas y organismos gubernamentales no dejaron de vomitar el vocabulario de Río. Una generación de activistas creyó -y sigue creyendo- en los ODS de la Agenda 21, así como en los 17 ODS de la Agenda 2030 y en las convenciones internacionales relativas al clima, la biodiversidad y la desertificación. Desde entonces, la negación se ha quedado obsoleta y se han repetido una y otra vez frases vacías para adormecer a todo el mundo: transición energética, transición ecológica, economía verde, hidrógeno limpio, neutralidad del carbono, etcétera.

El gran reto del feminismo

«Uno de cada dos hombres es una mujer» – pancarta en el Arco del Triunfo – 26 de agosto de 1970

La segunda ola del feminismo surgió en los campus universitarios estadounidenses a finales de los años sesenta, en conexión con la lucha contra la guerra de Vietnam y por los derechos civiles de los negros estadounidenses. La ecología social debe mucho al feminismo, hasta el punto de ocupar el centro mismo de su concepto analítico. Sitúa el origen de los desastres ecológicos en las injusticias sociales, que ahondan sus raíces en la dominación, empezando por la de los hombres sobre las mujeres.

«(…) El feminismo iluminó el sentido de la jerarquía bajo una luz muy existencial. (…) En la medida en que revelaba el envilecimiento de la condición humana que afectaba a todos, pero particularmente a las mujeres, desenmascaraba las sutiles reglas que regían la guardería, el dormitorio, la cocina, el patio de recreo y la escuela, y no sólo el lugar de trabajo o el ámbito público en general.» – Murray Bookchin – Una sociedad que rehacer – 1993

A lo largo del siglo XX, las mujeres conquistaron un cierto grado de igualdad formal, pero hoy nos vemos obligadas a reconocer la enorme distancia que media entre esta igualdad formal y la igualdad real.

La ofensiva anti-feminista al descubierto

Como en el caso de la ecología, la instrumentalización del feminismo fue llevada a los cuatro puntos cardinales, directamente y sin rodeos por la ONU. Esta institución, que se había hecho indispensable a los Estados para actuar concertadamente a escala mundial, no tenía más autonomía que la que éstos le concedían. La primera Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer se inauguró en Ciudad de México el 8 de marzo de 1975 y reunió a 1.300 delegadas de 133 países. Mientras que algunas feministas denunciaron la conferencia de la ONU en Ciudad de México en 1975 como un intento de cooptar sus movimientos, veinte años más tarde el Foro de ONG organizado por la ONU en Pekín (China) en septiembre de 1995 fue testigo de una participación excepcional del movimiento feminista mundial bajo el lema La lucha por la igualdad, el desarrollo y la paz. A partir de entonces, el movimiento feminista se asemejó a un vasto campo de ONG profesionalizadas, que a su vez desactivaron los auténticos movimientos feministas. Gracias a un uso generalizado de un nuevo lenguaje, se invirtieron todas las realidades: los hambrientos se convirtieron en redentores y las armas del sistema patriarcal neoliberal y racista, aparecieron como tantas manos caritativas tendidas hacia las mujeres pobres del Sur, como con los microcréditos, por ejemplo,

«Los operadores de microcréditos presentan la pobreza de las mujeres como un estado de naturaleza y su propia intervención como la puerta de entrada a un estado de cultura en el que las mujeres, que deben ser continuamente supervisadas, formadas e iniciadas, tendrían por fin el control de su destino. Pero la realidad es exactamente la contraria. Los países en desarrollo y las mujeres de clase trabajadora de estos países han sido empobrecidas por los Programas de Ajuste Estructural y el salvajismo de la globalización». – Hedwige Peemans-Poullet – Feminismos y desarrollo – 2000

Pero tras la desactivación viene la ideología para congelarla. El lavado verde de la ecología, por ejemplo, se une al lavado feminista, con la publicidad de Dior en una camiseta: «Todos deberíamos ser feministas«. Es un claro ejemplo del reciclaje neoliberal de estos dos movimientos, con la publicidad convertida en ideología para el pueblo después de haber sido diseñada por la intelectualidad académica de la fábrica de ideología.

La fábrica de la ideología neoliberal

«Hoy, observó, son los liberales los que tienen miedo de la libertad y los intelectuales los que están dispuestos a hacer cualquier cosa vil para oponerse al pensamiento». – George Orwell – Prefacio de Rebelión en la granja

Así, a través de la Universidad, la ideología neoliberal ha empapado el terreno fértil de confusión teórica de los movimientos de protesta hasta neutralizarlos. Tomista en la era cristiana, luego kantiana en la secular, heideggeriana durante la Alemania nazi y socialdemócrata en la posguerra. A partir de los años 60, en Estados Unidos, se convirtió en estructuralista, postestructuralista y deconstructivista. Este enfoque se basa en el pensamiento de renombrados filósofos franceses, seleccionados y reunidos bajo el nombre de French Theory, proporcionando a los estrategas neoliberales una justificación ideológica indispensable. Una ideología que socavaría el corazón mismo del peligroso pensamiento subversivo de la época, en particular el feminismo y la ecología radical, y lo secuestraría para avalar la precipitada carrera hacia la valorización del valor. El ejemplo de Michel Foucault es significativo en este sentido. Hace que uno se pregunte cómo los teóricos de izquierdas -e incluso los anarquistas- mordieron alguna vez el anzuelo.

Cuándo será posible por fin «sacar algo en claro de Foucault, tanto muchas de sus formulaciones se prestan a interpretaciones contradictorias«, se preguntaba Bookchin. Asimilaba su razonamiento con un enfoque existencial y estético, que denominó «anarquismo de estilo de vida«, consistente en «adaptarse, hacer de su propia vida una obra de arte, o cambiar su vida -y su pensamiento- sin cambiar el mundo«. Un enfoque que exalta «una práctica de puesta en escena de insurrecciones personales «foucaultiana . Pero puede que esta falta de claridad oculte un planteamiento mucho más inquietante, que Foucault nunca confesaría directamente. De 1967 a 1984, su crítica del marxismo se radicalizó, y lejos de librar una lucha intelectual resuelta contra la doxa del libre mercado, pareció adherirse a ella en muchos puntos. Nunca opuso sistemáticamente lo que él llamaba la vía jurídico-deductiva y axiomática del liberalismo a la vía utilitarista y neoliberal. Incluso parecía fascinado por el neoliberalismo, que en ningún caso presentaba como el sistema que había que derribar, ni como una pesadilla de la que debíamos despertar. Por el contrario, subrayó la diferencia entre la doctrina tradicional del laissez-faire y la doctrina neoliberal del fomento de la competencia, incluso mediante la acción del Estado. En esta última, el sujeto se concibe como un poder de actuar más que como un titular de derechos. Para él, este poder de actuar tiene un lado positivo, que denomina empoderamiento, y un lado negativo en forma de victimismo: culpabilidad frente a responsabilidad. Dado que el objetivo del derecho neoliberal es desencadenar la acción, se basa, al igual que la economía, en la capacidad de cada individuo para actuar, para realizar transacciones. El término actor racional implica que la referencia a la acción es tan importante como la referencia a la razón, porque lo que cuenta por encima de todo es la acción. La vía liberal dura, la de los economistas intransigentes, se abre a algo bastante fascinante en la medida en que sustituye la sociedad disciplinaria por una política de respeto de las diferencias, hasta ahora imposible de concebir, incluso desde un punto de vista puramente teórico.

Las reivindicaciones heterodoxas ocuparon así un lugar importante en el pensamiento político de Foucault. Es cierto que puso al orden del día toda una serie de dominaciones que hasta entonces habían sido bastante ignoradas, pero fueron teorizadas y pensadas al margen de las cuestiones relativas a la explotación. Lejos de esbozar una perspectiva teórica que considere estas dos relaciones concomitantes, las fue contraponiendo. Este giro conceptual contribuyó a «sustituir la explotación y su crítica por una reorientación hacia la víctima de la denegación de derechos, ya sea preso, disidente, homosexual, refugiado, etc.». – Isabelle Garo -. Así, François Ewald, su asistente en el Collège de France, pudo convertirse en consejero del MEDEF – Federación patronal francesa – , al tiempo que reivindicaba su pensamiento, y las élites de la doxa neoliberal le rendían culto en los campus estadounidenses, pero también mediante la compra -por el módico precio de 3,8 millones de euros. – en 2015 de sus archivos por la Bibliothèque Nationale Française.

Y así de marcó el primer gol de la diversidad

Margaret Thatcher se basó en él para su discurso en la Conferencia del Partido Conservador el 10 de octubre de 1975, donde fue aclamada por su visión de la sociedad. – su utopía :

«Algunos socialistas parecen creer que las personas deben ser números en un ordenador gubernamental. Nosotros creemos que deben ser personas. Todos somos desiguales. Nadie, gracias al cielo, es igual a otro, contrariamente a lo que afirman la mayoría de los socialistas. Creemos que todo el mundo tiene derecho a ser diferente, pero para nosotros todos los seres humanos tienen la misma importancia.«

Este es un buen ejemplo del cambio en el discurso liberal que abrió la puerta a la revolución neoliberal. El término Unequal -que en inglés tiene dos significados: desigual pero también diferente- se utilizó hábilmente para oponer al socialismo nivelador el bello concepto de la diferencia. Al hacerlo, transformó algo percibido como negativo por la inmensa mayoría de la población -la desigualdad económica- en una cuestión de diversidad, defendida tanto por la tradición humanista como por la ecología. A partir de entonces, el problema ya no es que seamos desiguales a causa del sistema de clases capitalista que sirve a los propietarios de los medios de producción en detrimento de sus siervos, sino que, teniendo derecho a ser diferentes y rebeldes, debemos oponernos a todos aquellos anti-capitalistas que, como los comunistas, pretenden uniformizarnos. Con este juego de manos, la Sra. Thatcher no sólo había encontrado una coartada eficaz para transformar un sistema injusto y distorsionado desde el principio en un juego en el que se recompensaría a los mejores, sino que también había conseguido acabar con las luchas de clases de la época.

La trampa identitaria

En esta línea, como bien señala Bookchin, Judith Butler retoma las ideas de Foucault de forma recurrente a lo largo de su obra y da lugar al concepto de género, que impulsará la teoría Queer. A partir de entonces, el pensamiento de las minorías identitarias se impone y se abre paso en las universidades con la creación de los Cultural Studies y luego los Gender Studies. Esta oleada llegó a destronar el pensamiento marxista y la teoría crítica inspirada en la Escuela de Frankfurt, dos pilares de los estudios políticos universitarios estadounidenses que criticaban el carácter apolítico de la French Theory. En 1980, Perry Anderson comprendió claramente lo que estaba en juego con este desplazamiento, argumentando que estos nuevos autores habían «sometido el sentido a un intenso bombardeo, declarado la guerra a la verdad, puesto completamente patas arriba la ética y la política y aniquilado la historia«. Con lo queer, lo turbio iba a instalarse en el feminismo y oscurecerlo, y en estos días amplios sectores del movimiento LGBT y del feminismo se están dando cuenta con horror de que tienen un caballo de Troya dentro de sus organizaciones, por lo que todas las sensibilidades de las luchas emancipatorias se ven enturbiadas por problemas que conducen a la parálisis.

«Al igual que el separatismo lésbico de los años 80, el queer es un nuevo vanguardismo que rompe toda solidaridad política con las mujeres como grupo dominado. No da cabida a las mujeres reales, que viven en un mundo mixto, ni a la lucha contra la dominación masculina. Esto es tanto más cierto cuanto que el trastorno del género es también un trastorno del sujeto, resultado de la teoría postmoderna. (…) La relación hombre/mujer es el sujeto y el objeto del proyecto histórico feminista (…) La ideología posfeminista triunfó, proclamando el fin del patriarcado y la obsolescencia de la revuelta.« Françoise Picq

El movimiento trans-queer ofrece herramientas para un individualismo solipsista y hedonista, muy funcional para la ideología liberal y su economía de mercado, pero no para una teoría política del cambio social. El sexo se utiliza hoy como estandarte de la diversidad, de esta increíble variedad de identidades y estilos de vida. Nuestro yo socialmente construido afirma constantemente su deseo de diversidad, pero odia lo colectivo. Centrado en cuestiones sociales, lo rehúye, pero se deleita en las batallas que le hacen sentirse original y diferente y le elevan por encima de los demás.

«Los ricos de diferente color de piel u orientación sexual se sienten más cómodos sin tocar lo que, de todas las cosas, les hace sentirse más cómodos: su dinero.« Walter Benn Michaels – Diversidad con igualdad

De hecho, la diversidad se ha convertido en un negocio en manos de diversiócratas de todo pelaje, que prosperan gracias a generosas subvenciones, tanto públicas como privadas. Las empresas estadounidenses solían gastar ocho mil millones de dólares al año en diversity trainings y Google invirtió 150 millones de dólares en estos programas en 2015, a pesar de que estudios serios han demostrado que son ineficaces e incluso perjudiciales.

Pero en función de las encarnizadas batallas que se libran en el mercado entre lobbies competidores, el cursor sobre el vector de la economía política se desliza a veces de izquierda a derecha o viceversa, lo que inevitablemente trae de vuelta la metáfora del yo-yo. La nebulosa convulsa de la identidad, con su trasfondo autoritario de dispersión policromática, allana el camino a los oligarcas digitales y a su ideología de cesarismo globalizado que se aglutinan en torno a Trump. Así pues, en ambos bandos encontramos la misma forma de hipocresía. En la cancel culture de la élite progresista, que en su opinión se apresura a anatematizar violentamente a autores, cineastas y figuras políticas opuestas a sus puntos de vista, acompañando así la desculturización y la destrucción del lazo social, los wokes de derechas son ahora capaces de recurrir a todo el poder del aparato estatal para instituir políticas sociales reaccionarias. Estas dos tendencias espectaculares no hacen sino seguir la dinámica constreñida del capitalismo, que avanza hacia el autoritarismo por la necesidad de racionalizar cada vez más los medios de garantizar y estimular la valorización del valor.

Lenguaje inclusivo e interseccionalidad que dispersan

 Le estamos dando al idioma su forma final, la forma que tendrá cuando nadie hable más que neolengua. Cuando terminemos nuestra labor, la gente como tú tendrá que aprenderlo todo de nuevo.« – O’Brien hablando con Winston – 1984 – Orwell

El lenguaje inclusivo es todo humo y espejos para confundir la cuestión de la emancipación y un fetiche de la forma sobre el fondo, un puro subproducto de la teoría de Butler. Actuar sobre el lenguaje, corrigiendo la representación, cambiaría nuestra relación con el género y modificaría las relaciones de dominación. A no ser, claro está, que sea para ocultarlas mejor, como bien ha entendido la OTAN al abogar por un lenguaje inclusivo en su Manual para las mujeres, la paz y la seguridad. Organización militar donde las haya, ¿se decidiría a cambiar de bando y apostar por el feminismo y la emancipación?

En este alboroto conceptual, la interseccionalidad, un concepto concebido y teorizado a finales de los años ochenta por Kimberly Crenshaw, una jurista afroamericana, parecía asumir el reto de las divisiones identitarias. Sin embargo, fue secuestrado y capturado por la intelligentsia académica estadounidense, reforzando en última instancia su ideología y su estrategia identitaria. Como resultado, la interseccionalidad se convirtió «ante todo en el nombre de un problema más que en el de una solución» – Alexandre Jaunait. La inversión proviene del hecho de que la raza y el género se sobrevaloran en detrimento de la clase que los engloba. Lo mismo ocurre con la teoría de la razón descolonial, que adolece de este sesgo culturalista, entendido sobre todo a través del prisma del racismo o de la dominación de los países del Norte sobre el Sur global, relegando así a un segundo plano la oposición fundamental entre ricos y pobres.

Wokismo

«El wokismo es el complemento necesario del neoliberalismo, que no se contenta con querer sustituir en la enseñanza primaria los conocimientos fundamentales por la adquisición de un evangelio progresista: la ortografía, la gramática y la sintaxis también se consideran preocupaciones elitistas, restos de un orden patriarcal por derribar.« Jean-Claude Michéa – Ampliación del dominio del capital – Albin Michel – 2023

Por el camino, las difamaciones, proscripciones, prohibiciones y destrucciones perpetuadas por las cultural wars, la cancel culture y la ideología interseccional afectan a la mayoría de los países llamados democráticos, y más aún a las personas y movimientos con sentido común. La principal dificultad es el rechazo al debate que se ha hecho consustancial a esta ideología, como demuestra el eslogan  my rights are not up for debate, que recuerda la «oposición irreductible entre el enemigo y nosotros» del jurista nazi Carl Schmitt. Los Despiertos, valiéndose tanto de la intimidación física como de las posiciones institucionales de las que se han apoderado, han decidido acabar con todos sus oponentes. Hecho preocupante en cuanto que este posmodernismo ha sido retomado tanto por teóricos descoloniales como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, inspiradores de Podemos y LFI, así como de los partidarios de la metapolítica sugerida por Martin Sellner, el pensador del partido neo-nazi austriaco FPÖ. La derecha rinde culto al mercado mientras maldice la cultura que genera, y la izquierda afirma luchar contra la lógica del mercado mientras se postra ante la cultura que genera. Si el Lti -el lenguaje del Tercer Reich- llama la atención por su rigidez, la neolengua actual es más sutil y peligrosa por su carácter invisible, líquido o dúctil y evidente. Y aunque el nazismo puede interpretarse como un producto de la modernidad, en particular de la difusión de la racionalidad instrumental y burocrática, también puede leerse como una dictadura de la Participación.

Neoliberalismo y totalitarismo

Es el modelo chino con el que sueñan los estrategas de la Economía Política como Elon Musk, donde el gobierno central consigue combinar una gestión económica casi liberal con un marcado autoritarismo político, al tiempo que despliega un estilo de buena gobernanza cuyos criterios transnacionales sabemos adscritos a la doxa del Banco Mundial: mayor privatización y/o delegación en el sector privado; descentralización y/o cooperación asertiva a todos los niveles; mayor flexibilidad en el empleo y el estatus. Todo ello celebrando la participación de los trabajadores en las empresas y la de los residentes locales en la esfera civil.

«El papel central del hombre que yo llamo el Emperador es indiscutible. Toma todas las decisiones clave y se reserva el derecho a cambiar de opinión si la situación evoluciona, y en la práctica suele hacerlo. Paradójicamente, este sistema no es incompatible con una autonomía real de los equipos, que trabajan horizontalmente. Los mandos intermedios no actúan como una pantalla entre el jefe y los equipos operativos; son los mandos intermedios los que obtienen la información de la base. – Sandrine Zerbib – Ex Presidenta de Adidas-China

En cuanto a la gestión política, los comités de residentes, que están en el centro de la actual construcción de shequs -comunidades residenciales de entre 100 y 700 habitantes-, han sido la piedra angular de un sistema de engranaje de la sociedad urbana desde los años cincuenta. Además de las unidades de trabajo, el objetivo de esta red era controlar a los residentes, reforzar la educación política y facilitar la aplicación local de las políticas dictadas al más alto nivel. El objetivo de la shequ era liberar al Estado de ciertos deberes y responsabilidades transfiriéndolos a los ciudadanos que participaban en ella. La política de creación de comunidades ilustra la delgada línea que separa la protección del control social. Permite que este último sea percibido por los residentes más como un medio de preservar su seguridad que como una opresión, desempeñando el papel de control social.

«En tiempos normales, los comités de barrio prestaban una serie de servicios a la comunidad, sobre todo a los ancianos. Con la llegada de Covid-19, se convirtieron en celosos ejecutores de una política de prevención especialmente estricta, que les llevó a regimentar la vida de la gente». – Sandrine Zerbib

Menos éxito tiene el autodenominado Estado Comunal en Bolivia, un oxímoron para la iniciativa de Estado llamada democrática y participativa que pretende establecer el poder de las bases desde arriba hacia abajo. Estos proyectos se están llevando a cabo mediante el establecimiento por parte de los residentes locales de formas de autogestión y autogobierno comunitario, consejos comunales y comunas, concebidos como los cimientos de un Estado comunal en construcción. Al final, como señala la socióloga Paula Vásquez, «la ley de consejos comunales sentó las bases de un nuevo Estado que resultó ser una enorme maquinaria clientelista». Con sus contradicciones internas y el constante acoso de EEUU, el chavismo de Estado se ve ahora como una potencia cívico-militar en lucha por la supervivencia, a pesar de la ayuda y el asesoramiento de China.

Novedad en Occidente: el NMP o NPM

Participación parece ser la nueva palabra mágica de la Nueva Gestión Pública. Surgido directamente de la OCDE, creada en 1980 para modernizar la administración pública, este modelo de gestión, mucho más discreto que la globalización de los mercados, jura por las 3 EEconomía, Eficiencia, Eficacia- y las 3 D Downsizing,– Compresión de la plantilla – Defunding – desfinanciación – y Devolution descentralización-. Este concepto ha entrado en fuerza en las democracias liberales contemporáneas.

Cuando el individuo y el Estado se convierten en empresarios, la gestión se hace universal. Se convierte en el universo que la cultura neoliberal nos da para vivir y ocupa el lugar de una categoría política. Lo mismo ocurre con la idea de gobernanza, que sugiere que nadie tiene ni detenta ningún poder, que todas las decisiones se toman en función de las necesidades objetivas de la situación y de la voluntad del pueblo. La gestión ya no parece imponer nada, sino que pide a cada cual que tome sus propias decisiones en la base, según procedimientos más o menos definidos. Aún no hemos llegado a ese punto en nuestras sociedades avanzadas, que todavía carecen de muchos de los elementos necesarios para este tipo de organización directiva. Pero en las últimas décadas este proceso se ha visto reforzado por el movimiento ciudadano, surgido de las clases medias afectadas por la crisis de 2008. Este se centra esencialmente en el deseo de una democracia más directa y participativa en las instituciones del Estado. Ahora promovida directamente por el Estado –conferencias ciudadanas, consultas ciudadanas-, que pretende dar voz a los ciudadanos, llegado el momento, los demócratas ciudadanos podrán aplicar las propuestas de la OCDE sobre el NMP, en una especie de relación de mega-servicio a través de las instituciones municipales.

El ciudadanismo no es sólo un callejón político sin salida. Al morder el anzuelo del NMP, e incluso adelantarse a él con su voluntad de gestionar los asuntos colectivamente a través de las instituciones comunales existentes, acaba por acentuar la creciente despolitización actual y la aceptación de la economía política como horizonte insuperable. En efecto, el ciudadano-cliente acaba convirtiéndose en un ciudadano obsesionado por el localismo, por su mundo privado, y ciego a todo lo que no le concierne directamente fuera de su barrio, de su comuna. Al otorgar a este movimiento ciudadano, que sigue siendo minoritario, el estatuto de interlocutor privilegiado ante el Estado, la élite política bien podría estar situándolo en el origen de esta labor de producción de indiferencia, cuyo alcance es esencial tener en cuenta:

«La indiferencia actúa en la historia. Actúa pasivamente, pero actúa. Es el destino, es con lo que no se puede contar, es lo que desbarata los programas, es lo que trastorna los planes mejor trazados, es la materia prima que se rebela contra la inteligencia y la sofoca». – Gramsci

«Más aterrador que el ruido de las botas es el silencio de las zapatillas.« Max Frisch

Los regímenes dictatoriales no son una excepción ni una aberración democrática. Son el resultado lógico de una forma de gobierno necesaria a la estructuración de las sociedades para la rentabilidad óptima del capital financiero. A los comunalistas nos corresponde trazar una línea clara entre nuestras iniciativas y las que son autogestionarias pero que forman parte de la economía política y acaban ahogando lo que aún está en pañales. Nos corresponde promover nuevas instituciones como parte de un amplio y vasto movimiento en tensión con las instituciones del Estado. De lo contrario, al igual que el movimiento ciudadano, no seremos más que otro intento de reforzar la dinámica ciega del Capital. Porque al final, cualesquiera que sean las nuevas formas de poder desarrolladas por las clases dominantes en cada país, nunca son el resultado de una elección subjetiva, sino que están enraizadas en procesos económicos objetivos. Y la subjetividad que nos es propia sólo puede construirse realmente si somos capaces, con los demás, de comprender la objetividad del mundo que compartimos. Comprender es poder restablecer la comunicación con lo que nos rodea, romper el hielo de la separación y cambiar el mundo antes de que nos cambie por completo.


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