El 1 de mayo no es una fiesta. No tiene nada de un día concedido amablemente, ni de un respiro ofrecido entre dos semanas de trabajo. Lleva consigo un recuerdo áspero, indómito, nacido en el polvo y el estruendo de las calles de Chicago, cuando en 1886 los trabajadores y las trabajadoras dejaron de obedecer. El caso Haymarket no es una anécdota del pasado: es una explosión que sigue atravesando el presente.
Exigían tiempo. Ocho horas para vivir, para amar, para pensar. Nada excesivo: solo recuperar una parte de su vida de manos de quienes se lucraban con ella. Y, sin embargo, hubo que recurrir a la represión, a las balas, a los juicios injustos, a la soga. Entre los condenados, anarquistas —Albert Parsons, August Spies— cuyo delito fue menos un acto que una idea: la de que la vida no debería entregarse por completo al trabajo.
Desde entonces, se ha intentado borrar este recuerdo. Pulirlo, suavizarlo. Convertirlo en un ritual inofensivo. Una «Fiesta del Trabajo» —como si el trabajo necesitara ser celebrado, como si se pudiera honrar, sin ironía, aquello que desgasta, oprime, daña y, con demasiada frecuencia, destruye. Detrás de las palabras, siempre hay una batalla. Y esta no ha terminado.
Porque nada de lo que estaba en juego entonces ha desaparecido. El trabajo sigue imponiéndose como una evidencia, una necesidad indiscutible —aun cuando organiza el agotamiento de los cuerpos y la devastación del mundo. No se conforma con quitarnos tiempo: moldea territorios devastados, suelos vaciados, existencias fragmentadas. Lo que los insurgentes de Chicago presagiaban se despliega ahora a una escala sin precedentes. La explotación de los seres humanos y la de lo vivo proceden de un mismo gesto, obedecen a una misma lógica.
En esta brecha, persiste otro pensamiento —tenaz, insumiso—. El de una ecología social, que voces como la de Murray Bookchin han defendido con rigor, y que se niega a disociar la cuestión del trabajo de la del mundo que habitamos. Ya no se trata solo de mejorar las condiciones: se trata de romper con una lógica que lo transforma todo —nuestros gestos, nuestros entornos, nuestras relaciones, nuestros cuerpos— en recursos que extraer, agotar, tirar.
Entonces el 1 de mayo recupera su verdad. No una celebración: una fisura. Un rechazo. Una invitación a abandonar lo que nos destruye y a inventar lo que podría unirnos. Negarnos a que nuestras vidas se reduzcan a su mera utilidad. Negarnos a que producir justifique destruir. Negarnos a que el orden del mundo sea el de la coacción silenciosa y la resignación aprendida.
En el Atelier, elegimos no olvidar. Mejor aún: elegimos prolongar. Porque lo que llevaban aquellos y aquellas de Haymarket no es solo un recuerdo: es una tarea inconclusa. Recuperar el control de nuestras vidas, de nuestros gestos, de nuestras formas de habitar el mundo. Hacer de lo común no un eslogan, sino una práctica cotidiana, obstinada, concreta.
Este 1 de mayo, no celebramos nada. Afirmamos.
Que nuestras vidas no están en venta. Que nuestro tiempo no se negocia.
Y que otros mundos no nacerán de una gestión del desastre, sino de un rechazo claro, colectivo e irreversible.
Del derecho a no ser explotados… al derecho, por fin, a cuidar de nosotros y del mundo.
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