«SAQUEO» – Abecedario de la Ecología Social

Muy pocos economistas reconocerán que su pseudociencia, lo que generalmente se denomina Economía política, es decir, la dinámica estructural del capitalismo, se basa principalmente en el saqueo y la rapiña a gran escala. Los piratas y los filibusteros no fueron más que simples aficionados que querían imitar las prácticas que llevaban a cabo las potencias comerciales y estatales. Probablemente con más generosidad y menos salvajismo. Lo que se les reprochaba era simplemente querer «trabajar» por cuenta propia, no querer someterse a esas potencias establecidas. Quienes se decidieron a ello hicieron, por cierto, una brillante carrera en el sistema (véase sobre estos temas a Michel Le Bris, «D’or, de rêves et de sang»).

El Capital, al constituirse, trabajó por su parte en una dimensión totalmente diferente y nada le disuadió de su lógica de acaparamiento: genocidios masivos en las Américas, esclavitud de los supervivientes, importación de esclavos arrancados de África cuando escaseaban las poblaciones locales. Todo ello en nombre del dios Beneficio y, en la mayoría de los casos, con la bendición de diversas religiones y de la moral burguesa. Los libros de Eduardo Galeano, entre otros, son muy ilustrativos sobre estos temas (véase, por ejemplo, «Las venas abiertas de América Latina»). Y lo mismo ocurrió un poco por todas partes, en África, en Asia, en todos los territorios sometidos al capitalismo entre los siglos XVI y XIX.

Cabe señalar que la memoria histórica oficial sigue siendo, en gran medida, extrañamente deficiente en estos temas, ya que a los herederos contemporáneos del capitalismo no les gusta demasiado indagar en su genealogía.

Sobre todo porque sigue predominando ideológicamente el mito de un naturalismo del Capital, asociado a una noción de progreso. El hecho de que los principios del capitalismo se hayan impuesto constantemente mediante la coacción y la violencia desmiente de manera molesta el naturalismo de esta megamáquina, ciega ante todo lo que no va en la dirección de su propio crecimiento.

Sin embargo, y como toda organización criminal, el capitalismo siempre se ha esforzado, al menos en sus centros vitales, por limitar la visibilidad de sus aspectos demasiado negativos. Su estrategia principal con este fin ha sido, por tanto, en la medida de lo posible, situar sus innumerables fechorías y sus consecuencias, ya sea a nivel de la biosfera o de las poblaciones, en la lejanía.

El colonialismo, esa subyugación total de los territorios afectados (lo que en su momento se denominó «Tercer Mundo»), al haber pasado de moda con la globalización del sistema, la presión sobre ese «lejos» ha cambiado de apariencia con la instauración de un neocolonialismo más sutil. Apoyándose en la colaboración de regímenes autoritarios y corruptos de tipo nacionalista, el saqueo de los recursos y la explotación de las poblaciones autóctonas continúan así a pleno rendimiento. A lo que se suma la externalización de las contaminaciones más desastrosas y la destrucción de territorios cada vez más vastos. Cabe señalar también que ese «lejos», esa periferia del mundo capitalista, debido a la magnitud de las destrucciones sufridas a todos los niveles, no hace más que extenderse y, por lo tanto, acercarse.

Este saqueo desenfrenado de los territorios periféricos, con su creciente número de enfrentamientos competitivos y despiadados que buscan apropiarse de los recursos, arroja a las carreteras a multitud de poblaciones desposeídas de su tierra y de los medios para su supervivencia, y desesperadamente obligadas a buscar refugio en otros lugares. Sin embargo, es precisamente la mayor parte de las tecnologías contemporáneas del capitalismo las que se basan en estas desposesiones y en esta piratería. El consumidor dependiente de la megamáquina del capitalismo rara vez se pregunta a partir de qué recursos, en qué condiciones y por quién se han producido las tecnologías que ocupan su vida cotidiana y que él ve como facilidades.

Sin embargo, en esto se acerca mucho al fetichismo de aquellos melanesios que, a principios del siglo XX, desarrollaron el Culto del Cargo. Al ver llegar por mar y por aire, y para uso exclusivo de los colonizadores que por su parte no producían nada, flujos de mercancías de procedencia inimaginable, vieron en ello los efectos de una magia particular que se esforzaron por imitar en forma de rituales dedicados a tal fin.

El consumidor contemporáneo quiere creer que la tecnología que se le ofrece al contado o a crédito no es más que el producto de una inventiva que se le presenta como progreso. Está muy lejos de la realidad y, al ocultar las circunstancias reales que permiten la producción de los artefactos tecnológicos, se entrega en cuerpo y alma al sistema organizativo que está destruyendo nuestro planeta y el propio futuro de la humanidad. En esto, no está muy lejos de aquellos melanesios de hace un siglo que querían creer en la magia y en la intervención del cielo para resolver sus problemas y que luego vieron cómo se derrumbaba su mundo.

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