«PARTICIPACIÓN» – Abecedario de la Ecología Social

Las mafias y los cárteles se aseguran la lealtad de sus miembros obligando a quienes quieren unirse a ellos a cometer un asesinato. El método es eficaz, una especie de pacto de sangre mediante el establecimiento de una complicidad manifiesta, de una pertenencia al mundo del crimen que se considera sin vuelta atrás.

De una forma ciertamente menos visible y menos inmediata, pero igual de eficaz, el capitalismo procede de la misma manera con quienes quieren o pueden beneficiarse de sus generosidades.

«No ignoramos que un gran número de productos de consumo habitual contiene cadáveres, trabajo infantil, una distribución mundial escandalosamente injusta, así como un despilfarro desesperante, y contribuye al calentamiento global o a las toneladas de residuos». (Sandrine Aumercier)

Es mediante el establecimiento de este vínculo tácito, de esta complicidad con la continuidad de su sistema, como en nuestros territorios avanzados el capitalismo mantiene una forma de adhesión incluso entre quienes pretenden criticarlo. Aunque somos conscientes de que nuestras prácticas consumistas, las facilidades y comodidades que nos concedemos a diario, así como nuestros patrones de comportamiento, forman parte de esta carrera hacia el desastre y de la injusticia globalizada, preferimos refugiarnos en una especie de negación, al tiempo que buscamos continuamente culpar a los demás y restar importancia a los efectos de nuestras propias decisiones. Y, de hecho, sea cual sea nuestro grado de participación, siempre encontraremos a algún culpable al que señalar, otro blanco, para intentar liberarnos de manera infantil de toda responsabilidad. El capitalismo no es una entidad abstracta, sino una forma organizativa verdaderamente criminal de la sociedad mundial que ha acabado imponiéndose sobre todo lo demás, sobre todas las posibilidades alternativas que se nos ofrecían históricamente. Una organización criminal a la que, de forma más o menos consciente o voluntaria, contribuimos con nuestra participación, a menudo por comodidad o, sencillamente, por egoísmo. En general, la culpabilización, ya sea la nuestra o la de los demás, sirve de poco y no soluciona nada. En cambio, nuestras diversas elecciones, la forma en que cada uno, a su nivel, participa en la continuidad de esta Megamáquina enloquecida, que tritura la naturaleza y a los seres humanos en toda la superficie de la Tierra, sí que es responsabilidad nuestra. Sin embargo, ni la ceguera, ni la pasividad, ni el laissez-faire ante las causas profundas del desastre en curso nos salvarán. Tampoco nos salvará pretender que no tenemos otra opción…

Pero sí, por supuesto, constantemente se nos presentan diversas opciones y ahí es donde entra en juego nuestra inconsciencia alimentada, nuestra participación en el desastre que, por ello mismo, no deja de extenderse.

El capitalismo, como forma de organización social, debe ser abolido necesariamente y con carácter de máxima urgencia. Ya no podemos esperar más y esto nos concierne a todos.

También es totalmente irresponsable esperar que otros lo hagan por nosotros. Es otra forma de eludir esta cuestión crucial y de seguir participando.

El problema es global y no lo resolveremos limitándonos a clasificar nuestros residuos, a comer productos ecológicos, a conducir coches eléctricos o incluso a acumular provisiones. El rechazo a ese mundo, a participar en él, es una cuestión común que exige precisamente que nos unamos al mundo del «común». No un «común» restringido, de carácter clánico, familiar o incluso nacional —y que, por tanto, permanece en la separación—, sino el «común» de la humanidad y de los seres vivos no humanos en su conjunto. El reto es enorme en la sociedad actual, en la que nos han acostumbrado a desarrollar el egoísmo más sórdido como una norma ineludible. Este egoísmo, lejos de poder salvarnos, nos condena, ya a corto plazo, a la aniquilación. Seguir participando es ahora, sin duda, el peor nihilismo, un auténtico impulso de muerte.


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