V — Ecología social y psicoterapia

Serie — La ecología social hoy: Raíces

¿Cómo se inscribe la dominación en las subjetividades?

«La dominación no solo produce instituciones; moldea caracteres, deseos e imaginarios».

Introducción — De la crítica social a la ecología de las subjetividades

Tras haber analizado los fundamentos teóricos de la ecología social, sus relaciones con el anarquismo, el marxismo crítico y la antropología libertaria, queda una cuestión abierta y decisiva: ¿cómo se arraigan las estructuras de dominación en las propias subjetividades?

Las sociedades jerárquicas no se mantienen únicamente mediante la coacción económica o policial. Producen tipos humanos adaptados a su reproducción: moldean las sensibilidades, los afectos, los miedos e incluso las formas de la personalidad. El propio Murray Bookchin insistía en esta dimensión, demasiado a menudo descuidada: si la dominación de la naturaleza se deriva históricamente de la dominación del ser humano por el ser humano, esta dominación posee también una faceta interiorizada. Genera una psicología social específica, moldeada por siglos de autoridad, culpabilización y separación.

Por eso la ecología social no puede limitarse a una crítica de las instituciones. También debe convertirse en una crítica de la vida cotidiana, de las formas de socialización y de los mecanismos psíquicos que reproducen la jerarquía: comprender por qué los seres humanos consienten a veces su propia dominación, por qué la servidumbre puede llegar a ser deseable, por qué la autoridad se reinstala sin cesar, incluso en los movimientos emancipadores.

Numerosos pensadores —a menudo situados en la frontera entre el psicoanálisis, la psiquiatría institucional y la crítica social— han tratado de cartografiar estos vínculos. Desde Erich Fromm hasta Wilhelm Reich, desde François Tosquelles hasta Jean Oury, desde Ivan Illich hasta Fernand Deligny, una misma intuición atraviesa sus obras: no puede haber emancipación colectiva sin una transformación de las subjetividades.

Sin embargo, es necesario hacer una precisión. No se trata de psicologizar las relaciones sociales ni de reducir las dominaciones a problemas individuales. El sufrimiento psíquico contemporáneo —burn-out, aislamiento, resentimiento, ansiedad generalizada, sentimiento de impotencia— expresa también un estado del mundo. Por el contrario, la emancipación no puede limitarse a un desarrollo personal individualizado, compatible con el mantenimiento de las estructuras de dominación. La transformación social y la transformación de uno mismo son inseparables.

Desde esta perspectiva, la ecología social abre un campo de reflexión singular: el de una ecología de las subjetividades. No se trata de una terapia de adaptación al mundo existente, sino de una reconstrucción de las capacidades humanas para convivir, cooperar y desear de otra manera.

Dominación social y personalidad autoritaria

Las sociedades jerárquicas fabrican caracteres

Una de las grandes intuiciones de Erich Fromm consiste en haber demostrado que cada sociedad tiende a producir un «carácter social» compatible con su propio funcionamiento. Las instituciones no bastan para garantizar la estabilidad de un orden; es necesario además que los individuos interioricen los comportamientos y los afectos necesarios para su reproducción.

En las sociedades capitalistas modernas, se anima al individuo a concebirse a sí mismo como un capital humano que debe valorizarse constantemente. Esta lógica no es solo de ámbito económico: impregna las familias, la escuela, el trabajo y las relaciones afectivas. La autoridad ya no funciona únicamente mediante la coacción externa: se interioriza.

En El miedo a la libertad, Fromm analiza cómo los individuos que se enfrentan a la angustia de la autonomía pueden verse tentados a huir de la libertad sometiéndose a figuras autoritarias o a ideologías tranquilizadoras. Este análisis sigue siendo inquietantemente actual. En sociedades marcadas por la precariedad y la atomización social, las tendencias autoritarias resurgen bajo diversas formas: nacionalismos identitarios, culto al líder, virilismo político, adhesión a narrativas simplificadoras.

La ecología social permite aquí relacionar la psicología y las estructuras sociales sin caer en el reduccionismo. Las personalidades autoritarias no surgen de forma espontánea: se desarrollan en contextos marcados por la inseguridad, la jerarquía y la fragmentación de los lazos comunitarios.

Wilhelm Reich y la fabricación psíquica de la obediencia

Wilhelm Reich fue uno de los primeros en articular el psicoanálisis y la crítica social radical. En contra de los enfoques puramente económicos del fascismo, buscaba comprender por qué las masas podían desear su propia sumisión.

En Psicología de masas del fascismo, Reich plantea una hipótesis decisiva: el autoritarismo político se basa en parte en una estructura de carácter producida por la familia patriarcal, la represión de los afectos y las instituciones jerárquicas. El niño criado en un entorno autoritario aprende muy pronto a reprimir sus deseos, a temer la autonomía y a asociar la obediencia con la seguridad. Aunque algunas tesis de Reich puedan parecer hoy en día anticuadas, su aportación fundamental sigue intacta: los sistemas de dominación se arraigan en los cuerpos, los afectos y los hábitos emocionales.

El capitalismo contemporáneo no ha suprimido esta dimensión; la ha transformado. Donde las sociedades disciplinarias imponían la represión, las sociedades neoliberales privilegian la autocontención. Se exige al individuo que sea autónomo, eficaz, deseable y feliz —al tiempo que es explotado y gestor de su propia explotación. Esta mutación genera nuevas formas de sufrimiento: fatiga crónica, culpa permanente, sentimiento de insuficiencia, agotamiento emocional. Como han demostrado Christopher Lasch o Byung-Chul Han, el neoliberalismo tiende a fabricar subjetividades narcisistas y fragilizadas, que oscilan entre la hiperaplicación y el colapso.

El resentimiento como afecto político

Las sociedades jerárquicas también generan afectos políticos específicos. Cuando los individuos se sienten impotentes para transformar sus condiciones de vida, la frustración puede redirigirse hacia chivos expiatorios en lugar de hacia las propias estructuras sociales. El resentimiento se convierte entonces en una energía reaccionaria.

No se trata de una simple debilidad moral individual: el resentimiento contemporáneo se alimenta de sociedades que destruyen la solidaridad, aíslan a los individuos y organizan la competencia generalizada. Las plataformas digitales amplifican aún más este fenómeno al transformar los afectos negativos en mercancías de atención —la ira y la humillación se convierten allí en motores económicos. Una ecología social de las subjetividades debe ser, por tanto, también una crítica de los dispositivos que alimentan la frustración permanente y la impotencia colectiva.

El deseo capturado: alienación e imaginarios mercantiles

El concepto de alienación, que ya hemos abordado en los apartados anteriores desde la perspectiva del trabajo y la falsa conciencia, debe entenderse aquí en su dimensión más íntima: la del deseo mismo. Una de las grandes fuerzas del capitalismo contemporáneo reside precisamente en su capacidad para colonizar el deseo.

La publicidad, las industrias culturales y las plataformas digitales no solo venden mercancías, sino que fabrican imaginarios, necesidades e identidades. El deseo humano, potencialmente creativo y relacional, se reorienta constantemente hacia la acumulación, la posesión y la puesta en escena de uno mismo.

Herbert Marcuse ya hablaba de «desublimación represiva» para describir esta integración de los deseos en el sistema mercantil. Mientras que las sociedades antiguas reprimían frontalmente ciertos impulsos, el capitalismo tiende, por el contrario, a organizar su circulación controlada para estimular el consumo. El resultado no es una liberación, sino una dependencia permanente de los mecanismos mercantiles de satisfacción inmediata. Hoy en día, a muchas personas les cuesta distinguir sus propios deseos de los deseos fabricados socialmente.

Ivan Illich había intuido esta creciente desposesión desde otro ángulo. Las sociedades industriales, según él, destruyen progresivamente las capacidades autónomas de los individuos y las comunidades para cuidar de sí mismos. Las instituciones se vuelven contraproducentes cuando monopolizan saberes que antes se compartían: curarse, aprender, habitar, transmitir. El ser humano pierde así su poder de actuar en beneficio de sistemas tecnoburocráticos cada vez más opacos.

La psiquiatría institucional: cuidar los entornos, no normalizar a los individuos

Ante esta sociedad patógena, algunos psiquiatras y profesionales han desarrollado enfoques radicalmente diferentes de la psiquiatría clásica. François Tosquelles, Jean Oury y Félix Guattari demostraron que la locura no puede entenderse independientemente de los entornos sociales en los que surge.

La psiquiatría institucional se negaba a reducir a los pacientes a objetos médicos que debían normalizarse. Por el contrario, buscaba transformar las propias instituciones para hacer posibles formas de vida más humanas. En la clínica de La Borde, Jean Oury insistía en la importancia de las relaciones, de la circulación de la palabra y de la organización colectiva de la vida cotidiana. Cuidar significaba, ante todo, reconstruir posibilidades de vínculo.

Esta perspectiva concuerda profundamente con la ecología social: una sociedad jerárquica, competitiva y burocrática produce necesariamente formas masivas de sufrimiento psíquico. La cuestión no es, por tanto, solo tratar los síntomas individuales, sino transformar los entornos de vida.

Fernand Deligny desarrolló un enfoque aún más radical con niños autistas o marginados. Rechazando las categorías normativas de la psiquiatría tradicional, buscaba crear espacios de presencia y atención que escaparan en la medida de lo posible a las lógicas de normalización. Su trabajo nos recuerda una idea esencial: en los seres humanos siempre existen formas de vida irreductibles a los dispositivos de control social.

Reconstrucción de las subjetividades y la autonomía

Salir de la lógica de la adaptación

En las sociedades contemporáneas, la psicoterapia se reduce a menudo a una función adaptativa: ayudar a los individuos a soportar mejor un mundo profundamente patógeno. El objetivo implícito pasa a ser restaurar la capacidad de funcionar en el sistema existente en lugar de cuestionarlo.

Una perspectiva emancipadora implica, por el contrario, politizar el sufrimiento sin negarlo en su dimensión singular. Esto no significa que toda angustia psíquica sea directamente política, ni que los individuos sean meros productos pasivos de las estructuras sociales. Pero es imposible comprender la explosión contemporánea de los trastornos psíquicos sin analizar las condiciones sociales que los alimentan: precariedad material, aislamiento relacional, desaparición de las solidaridades concretas, sobrecarga informativa, exigencias contradictorias de éxito.

La autonomía como proceso colectivo

La ecología social se distingue aquí radicalmente de las concepciones individualistas de la autonomía. La autonomía no es la independencia absoluta de un individuo autosuficiente. Designa la capacidad colectiva de recuperar el control sobre las condiciones de existencia. Cornelius Castoriadis la definía como la posibilidad de que una sociedad se reconozca a sí misma como autora de sus propias instituciones.

Esta autonomía supone un trabajo sobre uno mismo: aprender a pensar por uno mismo, a deliberar, a cooperar, a asumir el conflicto sin dominación. Bookchin también insistía en la necesidad de una transformación ética y cultural que acompañara a toda transformación política. Una sociedad ecológica y libertaria no podría surgir sin individuos capaces de salir de los reflejos autoritarios y consumistas producidos por el capitalismo.

Pero esta transformación no puede ser puramente individual. Las subjetividades también se transforman a través de las prácticas colectivas. Las experiencias de ayuda mutua, autogestión, democracia directa, cooperación concreta y creación común modifican profundamente las relaciones humanas. Permiten reaprender capacidades a menudo atrofiadas por la sociedad mercantil.

Por eso los espacios colectivos autónomos —asambleas populares, lugares autogestionados, cooperativas, huertos compartidos, talleres comunes, pedagogías libertarias— poseen también una dimensión terapéutica en sentido amplio. Recrean entornos relacionales donde pueden surgir la confianza, el poder colectivo y la reapropiación del mundo vivido.

Rehabilitar el cuidado y la vulnerabilidad

Las sociedades capitalistas valoran el rendimiento, la velocidad y la competitividad. La vulnerabilidad suele aparecer en ellas como una debilidad que hay que corregir. Por el contrario, una ecología social de las subjetividades implica rehabilitar el cuidado, la atención y la interdependencia.

El feminismo ha contribuido en gran medida a esta reflexión al mostrar hasta qué punto las actividades de cuidado, durante mucho tiempo invisibilizadas, constituyen sin embargo las condiciones de la vida social. Cuidar no significa instaurar una moral sacrificial, sino reconocer que los seres humanos son fundamentalmente relacionales. La verdadera autonomía no se construye contra los demás, sino con ellos.

Emancipación social y transformación personal

Transformar la sociedad sin reproducir la dominación

La historia de los movimientos revolucionarios muestra que la dominación puede reaparecer en el seno mismo de las luchas emancipadoras: jerarquías informales, lógicas de vanguardia, autoritarismo militante, culto al líder, reproducción de las relaciones de poder de género. Por eso, una política emancipadora debe estar atenta a las formas relacionales que produce desde ahora mismo.

La ecología social no solo propone una crítica de las instituciones existentes; invita a experimentar formas de vida coherentes con los fines perseguidos. Los medios ya están configurando el mundo venidero. Esta exigencia se une a las intuiciones libertarias históricas: no puede haber una sociedad libre construida mediante prácticas autoritarias.

Desear de otra manera

En el corazón de toda transformación social reside una cuestión a menudo subestimada: la del deseo. El capitalismo no se mantiene únicamente mediante la coacción, sino que también produce formas de disfrute, de reconocimiento y de identificación. Salir de este sistema supone, por tanto, reinventar otras formas de vivir, de habitar el mundo y de encontrar sentido.

Una sociedad ecológica no podrá surgir de forma duradera sin una profunda transformación de los imaginarios de la felicidad, el éxito y el progreso. Esto implica, en particular, romper con la ideología de lo ilimitado: acumulación infinita, crecimiento permanente, explotación generalizada de lo vivo. Pero esta ruptura no podrá imponerse mediante discursos morales o restricciones tecnocráticas. Supone la aparición de formas de vida deseables, ricas en vínculos, creatividad y autonomía compartida. La emancipación no consiste solo en abolir estructuras opresivas; consiste también en ampliar las posibilidades humanas.

Una ecología de las subjetividades

A través de esta reflexión, la ecología social se revela finalmente como mucho más que una teoría política o ecológica. Abre un cuestionamiento global sobre las formas de vida humanas: ¿cómo construir sociedades que favorezcan la autonomía en lugar de la sumisión? ¿Cómo recrear entornos que alimenten la cooperación en lugar de la competencia? ¿Cómo desarrollar subjetividades capaces de libertad sin caer en las lógicas autoritarias heredadas de siglos de dominación?

Estas cuestiones no pertenecen ni exclusivamente a la política, ni exclusivamente a la psicología. Se sitúan en su punto de encuentro. Una ecología social coherente debe convertirse, por tanto, en una ecología de las relaciones humanas, de los imaginarios y de las sensibilidades —no una terapia de adaptación a un mundo enfermo, sino la creación colectiva de formas de vida más libres, más solidarias y más habitables.

Conclusión — Reconstruir el mundo vivido

La crisis ecológica contemporánea no puede entenderse independientemente de la crisis de las subjetividades producida por el capitalismo industrial y la sociedad jerárquica. El agotamiento psíquico generalizado, el aislamiento social, los impulsos autoritarios, el resentimiento y la destrucción de los lazos colectivos no son fenómenos separados de la catástrofe ecológica: son una de sus dimensiones esenciales.

Una sociedad basada en la competencia permanente y la mercantilización integral de lo vivo destruye simultáneamente los ecosistemas y las capacidades humanas para habitar el mundo de manera sensible y solidaria. La ecología social nos invita, por tanto, a superar las falsas separaciones entre lo psíquico y lo político, entre lo individual y lo colectivo, entre el cuidado y la transformación social.

La emancipación implica a la vez nuevas instituciones, prácticas colectivas diferentes y una profunda transformación de las subjetividades. No se trata de fabricar un «hombre nuevo» según algún proyecto autoritario, sino de crear condiciones sociales que permitan el surgimiento de seres más autónomos, capaces de cooperación, de conflictividad no dominadora y de atención a lo vivo.

Desde esta perspectiva, las experiencias de autogestión, de ayuda mutua, de democracia directa, de psiquiatría institucional o de pedagogías libertarias se presentan como tantos laboratorios de otra forma de habitar el mundo. Porque quizá la verdadera cuestión siga siendo esta: cómo reconstruir un mundo común en una civilización que destruye metódicamente los vínculos necesarios para su existencia.

Transición → VI — Ecología social y decrecimiento

Comprender cómo las sociedades moldean las subjetividades permite también cuestionar uno de los motores más poderosos de la modernidad: la ideología del crecimiento ilimitado. Porque si bien la búsqueda de la expansión económica permanente parece hoy en día algo natural, se basa en representaciones del progreso, del deseo y del bienestar profundamente interiorizadas.

El capitalismo no solo produce mercancías: también produce imaginarios basados en la acumulación y la ilimitación. Es contra esta lógica contra la que se rebela una corriente de pensamiento que se ha convertido en central en los debates ecológicos contemporáneos: el decrecimiento. Al criticar el mito del desarrollo infinito y la confusión entre abundancia material y emancipación humana, el decrecimiento prolonga ciertas intuiciones fundamentales de la ecología social.

A su vez, plantea una pregunta decisiva: ¿cómo salir de una civilización organizada en torno al crecimiento sin transformar también nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestras formas de vida?

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