Serie — La ecología social hoy: Diálogos
¿Basta con abandonar el crecimiento?
«Crecer o morir»: esa es la ley que rige toda empresa en una sociedad de mercado.1
— Murray Bookchin, 1989
Introducción — De las raíces a los diálogos
Los cinco primeros textos de esta serie han sentado las bases de la ecología social: una tradición libertaria que considera la libertad como una cuestión de instituciones más que como una ausencia de normas; una crítica del capitalismo que se niega a reducir la dominación a la mera explotación económica; una antropología que demuestra que la jerarquía no es en absoluto una fatalidad natural; y una atención a las subjetividades que muestra que la dominación se inscribe incluso en nuestros deseos más íntimos. Estos cuatro pilares —tradición libertaria, crítica social, posibilidad antropológica, profundidad subjetiva— cierran el ciclo de *Las raíces* y abren el de *Los diálogos*: ya no se trata de trazar la genealogía de la ecología social, sino de confrontarla con otras corrientes con las que comparte un diagnóstico, al tiempo que se distingue de ellas en cuanto a lo que conviene hacer al respecto.
El primero de estos diálogos se impone casi por sí solo. El texto anterior concluía con la idea de que una transformación ecológica real supone romper con la ideología de la ilimitación —esa creencia según la cual la acumulación y la expansión constituirían el horizonte natural de toda existencia satisfactoria—. El decrecimiento hace de esta ruptura su tema central: cuestiona de frente lo que nuestras sociedades siguen considerando una evidencia insuperable: la necesidad de producir cada vez más. De ahí la pregunta que estructura este texto: ¿basta con salir del crecimiento para salir de la dominación?
La crítica al crecimiento
El término «decrecimiento» surgió, a principios de la década de 2000, de una elección deliberadamente provocadora —Paul Ariès habla de la noción de «palabra-bomba». Serge Latouche, uno de sus principales teóricos, no lo oculta: no se trata tanto de un programa económico concreto como de una consigna destinada a romper el consenso implícito que convierte al crecimiento en el horizonte indiscutible del progreso2. Tras la provocación, se ha desarrollado un trabajo teórico para dar consistencia a la intuición central del movimiento: un crecimiento infinito de la producción material no puede sostenerse en un mundo finito. Lo que distingue al decrecimiento es que no se limita a esta constatación física: cuestiona el imaginario que ha convertido el crecimiento en un fin en sí mismo —hasta el punto, como muestra Latouche en un ensayo posterior, de ocupar estructuralmente el lugar de lo sagrado en sociedades que, sin embargo, se creen alejadas de la religión3. Este crecimiento sacrosanto no se discute: cuestionarlo no se percibe tanto como un desacuerdo económico como una blasfemia. Por eso Latouche habla también de «descolonizar el imaginario»: no basta con producir menos, sino que hay que deshacerse de la idea de que el desarrollo, tal y como lo ha configurado el Occidente moderno, constituya un horizonte universal.
La ecología social ya había formulado esta crítica mucho antes de que el término «decrecimiento» entrara en el debate público. Ya en 1989, Bookchin desmontaba este mecanismo: el crecimiento no es un exceso que baste con corregir, sino la traducción directa de una ley del mercado. En una economía en la que cada empresa corre en todo momento el riesgo de ser absorbida por una competidora, crecer no es una elección, sino una condición para la supervivencia4 —y exigir una limitación del crecimiento sin abordar esta dinámica competitiva equivale a pedirle a un organismo vivo que deje de respirar. Esto es lo que llevó a Bookchin a afirmar, tras la publicación del informe Meadows por parte del Club de Roma en 1972, que pedir a una economía de mercado que limitara su crecimiento tenía tan poco sentido como pedir a una sociedad belicosa que limitara sus guerras sin abordar lo que la hace belicosa5: un diagnóstico cuantitativo, por sí solo, no dice nada de las estructuras que producen la expansión que denuncia.
Es este aspecto metodológico el que el decrecimiento más exigente, en la línea de Giorgos Kallis o Leopold Kohr, también se esfuerza por no perder de vista. Kallis insiste: no se trata tanto de erigir el crecimiento en mal absoluto como de reconocer los límites ecológicos como un dato estructurante de la economía, y de cuestionar qué es lo que lo hace necesario más allá de ser simplemente deseado6. Por su parte, Kohr, ya en la década de 1950, había señalado el gigantismo —de los Estados, las empresas y las administraciones— como la verdadera fuente de los desequilibrios sociales, mucho antes de que el crecimiento se convirtiera en un objeto de medición pública7. Su tesis sigue siendo fundamental, pero la ecología social se suma a ella sin adoptar su jerarquía implícita: la cantidad producida plantea tanto problema como la escala a la que se organiza la actividad humana; ambas se condicionan recíprocamente, no se excluyen.
Convergencias con la ecología social
En este ámbito, la ecología social y el decrecimiento coinciden en una serie de puntos llamativos. Bookchin ya describía, a mediados del siglo XX, cómo la economía de mercado, al extenderse a todas las esferas de la existencia, transformaba a la propia sociedad en un vasto centro comercial donde la personalidad, el amor o las creencias también debían crecer o morir8. Esta despersonalización a través del consumo es precisamente lo que denuncia el decrecimiento bajo el lema «menos bienes, más vínculos». De hecho, ya en la década de 1960 había anticipado la distinción que más tarde retomaría el movimiento entre las necesidades reales —alimentarse, alojarse, desarrollarse— y las falsas necesidades, fabricadas por la publicidad y el deseo mimético de posesión. A esta oposición le corresponde, tanto en él como en los pensadores y pensadoras del decrecimiento, un mismo elogio de los bienes duraderos, concebidos para ser reparados y transmitidos (derecho de uso o de custodia) en lugar de ser desechados y sustituidos —una exigencia que compartía con William Morris, ya mencionado en esta serie—.
Este paralelismo culmina en la propia noción de sociedad deseable. Bookchin hablaba de una sociedad de la «posescasez» —no una sociedad de consumo ilimitado, sino una sociedad liberada de la angustia de la carencia, donde cada uno pudiera acceder a lo que le es necesario sin verse atrapado en una carrera perpetua hacia la acumulación. Él mismo precisaba que su «más allá de la escasez» no significaba ni profusión, ni abundancia, ni consumo insensato9 —una idea que coincide, casi palabra por palabra, con lo que Latouche llamaría décadas más tarde la «abundancia frugal». Queda la cuestión de la técnica, sobre la que la convergencia exige mayor precaución: Bookchin veía en ella, en su momento, un potencial liberador siempre que se la arrancara de la lógica del beneficio, convicción que hoy hay que releer con la perspectiva que imponen cincuenta años de digitalización e inteligencia artificial. Desde entonces hemos denominado a esta exigencia renovada la comunotecnia —una deliberación permanente sobre los fines, la escala y las relaciones de poder que instituye toda técnica—, cuyo análisis exhaustivo forma parte de un artículo publicado anteriormente en el Taller (🛠️ Comunotecnia — Por una ecología social de las técnicas).
El punto de bifurcación política
Por muy reales que sean estas convergencias, un desacuerdo decisivo separa la ecología social del decrecimiento —un desacuerdo que Bookchin ya había identificado incluso antes de que el término se impusiera en el debate público. Muy apegado al rigor conceptual, desconfiaba tanto de las ideas insuficientemente definidas como de los dogmas demasiado cerrados, y presentía el riesgo de que esta consigna, separada de su contexto crítico, se volviera en contra de sus propias intenciones y pudiera ser instrumentalizada por cualquier proyecto político —incluidos los más autoritarios—. Un decrecimiento que no fuera acompañado de un cuestionamiento de las estructuras de dominación podría muy bien traducirse en medidas estatales cada vez más restrictivas —fiscalidad punitiva, racionamiento, normas impuestas desde arriba— sin que se tocara ni siquiera superficialmente ninguna de las jerarquías que están en el origen de la crisis. En una sociedad que siguiera organizada por y para la acumulación, «decrecimiento» no significaría entonces nada más que lo que esta palabra ya designa en el lenguaje económico corriente: una recesión, soportada de forma desigual por quienes tienen menos poder para protegerse de ella. Algunas corrientes decrecentistas creen eludir este riesgo al vincular la salida del crecimiento a una renta incondicional; pero una asignación monetaria no hace más que redistribuir el poder adquisitivo dentro del mercado, sin abordar la cuestión de quién decide qué se produce —y, cuando sigue siendo modesta, acaba siendo, como ya señalaba André Gorz, una mera «subvención a los empresarios» en lugar de un instrumento de emancipación10. Este debate se desarrollará con más detalle en el apartado dedicado al ecosocialismo.
Por eso, la ecología social siempre se ha resistido a dos tentaciones simétricas, ambas igualmente estériles. La primera consiste en basar la transformación en la «simplicidad voluntaria» de los individuos, haciendo recaer sobre el consumidor una responsabilidad cuyas causas son, en realidad, estructurales: la demanda, recordaba Bookchin, rara vez surge de forma espontánea —la moldean las empresas, cuyo oficio consiste precisamente en ello11. Hacer un llamamiento a la simplicidad voluntaria solo tiene sentido, escribía, «cuando los medios de vida son realmente sencillos y accesibles para todos»12; vivir «de forma sencilla» es un lujo para quien puede permitirse productos artesanales o bienes reciclados a precios elevados, una exigencia en gran medida inaccesible para la mayoría de la población. La segunda tentación, por el lado opuesto, consiste en confiar la limitación del crecimiento a mecanismos tecnocráticos y a restricciones impuestas desde arriba, sin plantearse nunca quién decide ni en nombre de qué.
Entre estos dos callejones sin salida, la ecología social plantea una exigencia diferente: reducir la producción y el consumo es, sin duda, necesario y vital, pero solo tiene sentido si la cuestión en sí misma cambia, pasando de «cuánto producir» a «quién decide qué se produce, cómo y para satisfacer qué necesidades». Una sociedad puede perfectamente «producir menos» sin dejar de ser jerárquica: imponiendo sus decisiones desde arriba, haciendo recaer el esfuerzo sobre los más precarios y manteniendo intactas las estructuras de poder que han hecho necesario el crecimiento. El decrecimiento, sin una transformación institucional, sigue siendo una política de la cantidad; lo que le falta es una política cualitativa de la decisión y de la dignidad.
Democracia ecológica y sociedad poscrecimiento
El texto anterior de esta serie ya ha establecido que la libertad individual y colectiva no puede prescindir de las instituciones: la democracia directa, organizada en asambleas comunales confederadas, constituía en él la respuesta política de la ecología social a la centralización estatal. La ecología social propone ampliar ese mismo marco a un ámbito que el decrecimiento suele dejar en el terreno de los deseos: la propia toma de decisiones económicas. Es lo que Bookchin denominaba la «municipalización de la economía»: las decisiones sobre producción y distribución ya no corresponderían ni al mercado, ni al Estado, ni siquiera a expertos bienintencionados, sino a las asambleas municipales, que deliberarían colectivamente sobre qué conviene producir, a qué escala y para satisfacer qué necesidades reales13. Dicha decisión no se basaría en una norma abstracta e idéntica en todas partes, sino en las posibilidades concretas de cada territorio: algunos municipios tendrían que aumentar determinadas producciones, otros reducirlas drásticamente; la coherencia global no se basaría en la uniformidad, sino en la cooperación y la interdependencia, arbitradas directamente mediante la deliberación confederal entre municipios.
Entendida así, la salida del crecimiento deja de ser una restricción externa —impuesta por el mercado cuando se derrumba, o por el Estado cuando raciona— para convertirse en el objeto mismo de la deliberación democrática. Este cambio transforma una necesidad sufrida en una elección asumida colectivamente, en una forma de habitar el mundo, y elimina la ambigüedad congénita del decrecimiento entre proyecto emancipador y eufemismo de la austeridad. Salir del crecimiento, en este sentido, no basta, por tanto: esto plantea una cuestión aún más decisiva, aquella que la ecología social no ha dejado de plantear desde sus orígenes: ¿quién tiene el poder de decidir las condiciones materiales de la existencia común? Una medida que solo tiene valor si se decide democráticamente, por aquellas y aquellos a quienes afecta, en lugar de imponerse desde arriba o dejarse únicamente en manos de la virtud individual.
Transición → VII — Ecología social, crítica del valor y disociación
Pero, ¿basta con criticar el crecimiento si la producción sigue estando organizada por una forma social que la precede y la trasciende? Desde la década de 1990, una corriente teórica surgida en Alemania —la Wertkritik, o crítica del valor— ha propuesto ir más allá, cuestionando ya no solo el volumen de lo que se produce, sino la forma abstracta que organiza la propia producción: el valor, derivado del trabajo abstracto. Es esta hipótesis más radical la que ahora debemos examinar.
Notas:
1 Murray Bookchin, «Death of a Small Planet. It’s Growth that’s Killing Us,» The Progressive, agosto de 1989, pp. 19–23. — Sin traducción al español disponible.
2 Serge Latouche, Pequeño tratado del decrecimiento sereno, Icaria, Barcelona, 2009.
3 Serge Latouche, Comment réenchanter le monde. La décroissance et le sacré, Rivages Poche, 2019. — Sin traducción al español disponible.
4 Murray Bookchin, art. cit. (1989).
5 Murray Bookchin, Rehacer la sociedad. Senderos hacia un futuro verde, LOM Ediciones, Santiago de Chile, 2012.
6 Giorgos Kallis, In Defense of Degrowth: Opinions and Minifestos, Uneven Earth Press, 2018. — Sin traducción al español disponible.
7 Leopold Kohr, The Breakdown of Nations, Routledge & Kegan Paul, 1957. — Sin traducción al español disponible.
8 Murray Bookchin, op. cit. (1989).
9 Murray Bookchin, Post-Scarcity Anarchism, Wildwood House, 1974 [1971], pp. 62–69. — Sin traducción al español disponible.
10 André Gorz, «Por una renta incondicional suficiente», Transversales/science-culture, n.º 3, 2002; citado en David Cayla, «La renta universal, instrumento del imaginario neoliberal», in Gwendal Châton y Martine Long (eds.), ¿La renta universal, una utopía para el siglo XXI?, Berger-Levrault, 2022. — Sin traducción al español disponible.
11 Murray Bookchin, op. cit. (1989).
12 Murray Bookchin, «The Power to Create, the Power to Destroy», in Toward an Ecological Society, Black Rose Books, 1980. — Sin traducción al español disponible.
13 Murray Bookchin, «What is Social Ecology?», in Michael Zimmerman (ed.), Environmental Philosophy, Prentice Hall, 1993. — Sin traducción al español disponible. «La ecología social y radical de Murray Bookchin: una propuesta actual», Vincent Gerber y Floréal Romero, books2bits, 2025.
Artículos de la serie:
I – Ecología Social: fundamentos, actualidad y perspectivas
II — Ecología Social y anarquismo
III — Ecología Social y marxismo
